El amor como una estrella fugaz

Director Nicholas Ray. Con Cathy O'Donnell, Farley Granger, Howard Da Silva, Jay C. Flippen, Helen Craig. Vértice.

Aunque Losamantesdelanoche haya sido una película clasificable (el género negro de los condenados de antemano; la roadmovie de dos jóvenes enamorados que transitan de lo urbano a lo rural por una Norteamérica que sólo espera a tener hambre para engullirlos), los espectadores más sensibles supieron y saben que es en su resistencia a la catalogación donde hay que ir al encuentro de sus grandes tesoros. La ópera prima de Nicholas Ray fue un título fundamental para los jóvenesturcos de la Nouvelle Vague, posiblemente porque señalaba el camino a seguir, y en su materialidad, en la frágil fantasmagoría de su celuloide proyectado sobre la pantalla, era legible que otro cine, económica y estéticamente, era posible hasta dentro del jerárquico y fabril sistema de los estudios.

Aquí nace el estilo lírico de Nicholas Ray, un joven cineasta de escasa experiencia que aprovechó como nadie el momentáneo aire fresco que soplaba al entrar Dore Schary en la RKO. Y lo novedoso y radical de este estilo, algo sin duda difícil de definir con palabras pues atenta contra este tipo de traducciones, es que se hacía presente a partir de una escritura de una densidad muy especial, sin nada que ver con aquella que, desde el bando de los manieristas, ya enfrentaba, al que así lo quisiera, al reverso de la ensoñación inmóvil que había hecho posible la experiencia afectiva y simbólica del clasicismo. Pues Ray, como bien notó uno de sus principales y más especiales admiradores, Jean-Luc Godard, no pretendía denunciar, sino reinventar, y su proyecto estilístico iba detrás de la libertad formal que habitó en el reino de la infancia muda, antes, por lo tanto, de que sobre ese dominio se extendiera la sombra de la normalización sonora. Así, en Los amantes de la noche, a un plano a la altura de los ojos le puede seguir otro filmado, con emocionante temblor, desde un helicóptero, y cuando llegue el turno de una toma en primer plano, como certeramente observa Antonio Weinrichter en el texto que acompaña a la edición, ésta ya ha dejado de ser ese acercamiento para "mejor ver" a una estrella, y ahora se trata de la inefable y bella aparición de una forma que piensa, y en ellas Ray habla con Renoir o Cassavetes.

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