Una anatomía para el deseo

  • desnudo acostado con gato Mougins, 29 enero 1964. Óleo sobre lienzo. 89 x 130 cm. Donación de Christine Ruiz-Picasso.'Málaga Hoy' presenta a sus lectores, una por una, las 155 obras de Pablo Picasso que componen la importante colección permanente del Museo Picasso Málaga, legado fundamental del artista

EL deseo mantiene sus propias leyes, pero éstas todavía son desconocidas para el ser humano, por más que la psicología, la literatura y el arte hayan aportado a la Historia numerosas claves para una posible aproximación científica o estética. El deseo tiene que ver con una elección hacia el objeto o la persona deseada, y la libertad o la condición que afloran en esa decisión esconden un reflejo aún ignoto de la naturaleza. ¿Hasta qué punto el deseo en el hombre obedece al instinto, al intelecto o a la absoluta voluntad? Precisamente, la humana criatura se revela más dependiente de su dimensión natural o más exento de ella cuando desea. ¿Por qué el deseo se mueve a veces hacia lo prohibido, el abismo, el misterio, todo lo contrario a la placidez y la seguridad que transmiten otras posibles dianas de las pulsiones más inconscientes? Picasso alumbró este juego de equívocos y engaños, que habría que contemplar como un poliedro repleto de espejos, a través de la expresión más directa del deseo: el sexo. En el erotismo picassiano el hombre se revela más hombre que nunca, pero a la vez da cuenta del misterio que le atañe, como una selva nunca penetrada, como un posible rastro de una divinidad que no puede alcanzar y que al mismo tiempo queda contenida en sus dominios emocionales. En 1907, con Las señoritas de Avignon, Picasso ya había establecido el modo estético de arrimarse al milagro, con una componenda sexual exhibida sin tapujos y al tiempo salpicada de máscaras y telones. El cubismo le permitió además plasmar sus obsesiones en torno a la multiplicidad de personalidades dentro de un mismo individuo, un asunto que en el marco del deseo y el sexo resulta singularmente revelador: nunca se es más contradictorio, ni más auténtico, que cuando se desea a alguien. El malagueño regresaría a menudo a estos territorios para seguir profundizando en tan vastísimo corpus, y de paso para actualizar, renovar o corregir todo lo que sobre el cubismo tuvo que decir en su día (Picasso no abandonaba los géneros o registros para abordar otros: volvía a todos continuamente). Un ejemplo muy interesante se encuentra en la colección permanente del Museo Picasso Málaga: se trata del óleo sobre lienzo Desnudo acostado con gato, realizado en Mougins en 1964.

Todo en el cuadro apunta a la aritmética del deseo: los pechos y el sexo de la mujer se muestran de frente, naturales, carnales. Los pies, en cambio, no están terminados: son meros apósitos que apenas reclaman la atención de quien observa. Como en otras ocasiones, Picasso deja rastros del proceso creativo; las líneas empleadas para la figuración femenina no han sido borradas, yacen ahí, visibles, delatoras del camino que ha seguido la mano del pintor. Se percibe un interés especial por parte del creador en dirigirse a su público, he llegado hasta aquí a través de estas veredas. Y de estas mismas líneas rechazadas nace la presencia del gato, como un reducto aprovechado que se transmuta en otra cosa, lo que estuvo a punto de representar la cintura o el trasero de la mujer se ha convertido en un felino infantil de tan sencillo en sus formas. Panta rey: el gato y la mujer son uno, o son dos, una realidad que fluye del uno al otro, la materia que somete al hombre puede convertirse en una contingencia bien distinta. Pero todas las anatomías conducen al rostro de la mujer, abrumador, pertubador y enigmático, con varias presencias en su forma, seductor y arisco al mismo tiempo. Es el rostro de la esfinge, de una esfinge desnuda y ardiente que pregunta: ¿a quién deseas cuando deseas? La respuesta hierve en la sangre y el óleo.

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