clásica Aproximación a un siglo desde sus partituras

La armonía del lienzo: música para Pablo Picasso

  • La Orquesta Filarmónica de Málaga celebra el sábado en la Sala María Cristina un concierto dedicado al genio malagueño con obras de Stravinsky, Falla y Milhaud

Decir hoy que la música fue para Pablo Picasso mucho más una mera afición significa poco menos que caerse del guindo. La música atraviesa como una matriz decisiva e iluminadora toda su enorme producción, desde la tragedia encarnada en el flamenco hasta las formaciones e instrumentos que diseccionó y recreó a gusto desde estrategias cubistas, especialmente la guitarra (mucho debió al malagueño el maestro Narciso Yepes en su innovación estructural, y hasta Pat Metheny bautizó a su guitarra de 42 cuerdas como Picasso guitar), pasando, inevitablemente, por las muchas y diversas colaboraciones con algunos de los compositores más sobresalientes de su tiempo, materializadas singularmente en la creación de escenografías para ballets. El próximo sábado día 11 a las 20:00, en la Sala María Cristina (junto a la Plaza de San Francisco), la Orquesta Filarmónica de Málaga (OFM) celebrará al Picasso músico, inspirador e inspirado, con un concierto especial integrado en el ciclo Grandes compositores de la Fundación Unicajaen el que subirá a la tarima el director titular de la formación, Edmon Colomer, y que presenta el siguiente programa: El Concierto en mi bemol (Dumbartom Oaks) de Igor Stravinsky, el ballet de Darius Milhaud La création du monde y El corregidor y la molinera de Manuel de Falla, pieza que contará con la participación de la soprano Cecilia Gallego como solista. La propuesta, por tanto, constituye una aproximación privilegiada a la gran música del siglo XX con Picasso como eje, razón y límite.

El mismo Colomer admite que la posibilidad de escoger obras musicales relacionadas con Picasso y con su amplio recorrido estético constituye "un pozo sin fondo", pero justifica la elección de los tres títulos del programa "primero porque se defienden con solvencia por sí mismos, y después porque presentan relaciones muy interesantes con algunos momentos concretos de la evolución estética de Picasso". Así, el Concierto en mi bemol de Stravinsky, estrenado en 1938 por encargo de la institución filantrópica Dumbarton Oaks, fundada a su vez por Robert Wood Bliss ("un mecenas que pagó muy bien a Stravinsky por su trabajo", apunta Colomer), es, además de la última obra que escribió el compositor en Europa, una partitura realizada al estilo de los concerti grossi barrocos e inspirada en los Conciertos de Brandenburgo de Bach. En ella, "Stravinsky reproduce los procesos pictóricos del cubismo al tomar elementos figurativos del pasado que se superponen y se presentan diseccionados, como si ocuparan las diferentes caras de un prisma", de manera que este concierto es, según Colomer, "especialmente representativo de la influencia que el cubismo ejerció en los grandes compositores de la época".

Por su parte, Darius Milhaud escribió en principio su pieza La création du monde para formación de cámara y ballet "con otras intenciones estéticas que también pueden relacionarse significativamente con la época. Como Stravinsky, Milhaud también juega a superponer diversos elementos musicales, pero éstos no están diseccionados, sino que gozan de una suficiente autonomía incluso tonal que los hace reconocibles. Para referirnos a esta obra tendríamos que hablar entonces de politonalidad, un concepto que también reúne muchos matices picassianos", explicó el director de la OFM, quien sin embargo subrayó otra conexión importante entre esta obra y el pintor malagueño: "Su mirada a la mitología africana expresada también a través del jazz". No hace falta recordar, en este sentido, la impresión que causaron en Picasso las máscaras animistas africanas y la influencia decisiva que éstas causaron en obras de su periodo negro como Las señoritas de Aviñón.

En cuanto a El corregidor y la molinera, se trata de un concierto de Manuel de Falla estrenado en 1917, en el Teatro Eslava de Madrid, con la dirección de Joaquín Turina. Como La création du monde de Milhaud, también fue ideado para una formación camerísticas, y aunque en su puesta de largo no se estableció todavía colaboración alguna con el pintor "de alguna forma sí sentó un precedente importante para el ballet El sombrero de tres picos, cuya escenografía encargó Diághilev a Picasso". La tradición española y la vanguardia universal se dan así la mano para honrar a Picasso en su siglo. Lo demás es ruido.

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