Crítica de Cine

El artificio de la crueldad

Emma Suárez y Ana Valeria Becerril, en una escena de la película. Emma Suárez y Ana Valeria Becerril, en una escena de la película.

Emma Suárez y Ana Valeria Becerril, en una escena de la película.

El nuevo cine mexicano transita por la senda de una cierta estética de la crueldad, una senda peligrosa en tanto que tiende a forzar el realismo y la distancia supuestamente fría u objetiva en una suerte de explotación de la sordidez o la anormalidad de unos personajes opacos e inescrutables por los que no parece existir demasiada empatía.

El director Michel Franco se sumaba con Después de Lucía a esa escuela en la que también están matriculados Reygadas, Escalante y compañía, amantes todos de la sequedad estilizada y de las disfunciones, contradicciones y aberraciones del comportamiento humano en el México contemporáneo.

Premiada en la sección Un Certain Regard del Festival de Cannes, Las hijas de Abril se sitúa en el interior de un descompensado y disfuncional núcleo familiar formado por mujeres, dos hermanas de distinto padre, una de ellas madre con apenas 16 años, la otra preocupada por su sobrepeso, y una madre española (Emma Suárez) que reaparece en la casa familiar de la playa para hacerse cargo de la situación hasta extremos insospechados.

Franco no deja que el espectador sepa nada más allá de lo que ve, de manera que cada gesto, cada elipsis y cada giro (brusco) de la historia lo obliga a hacerse preguntas ante la evidencia de esas acciones y decisiones sin justificación ni preaviso. Las hijas de Abril avanza así en su propia y caprichosa dinámica de incomodidad y extrañamiento, dejando entrever una esquinada reivindicación del deseo femenino y la maternidad lejos de las convenciones, para crear un cierto desasosiego artificial a costa de unos personajes deshumanizados, seres de instintos primarios y elementales.

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