Lo auténtico y lo repetido

Para Benjamin, muy influido aquí por el marxismo, el arte antiguo venía determinado por el aura. Esto es, por el fulgor y el prestigio de lo único. Sin embargo, a partir de la fotografía, y principalmente del cine, la exclusividad de la obra pasa a un plano accesorio, y es la naturaleza colectiva de su disfrute (las multitudes lúdicas del cinematógrafo) lo que determina la modernidad del arte. Así, el contemplador solitario de la obra de arte, legado por la imaginería romántica, pasa a ser un contemplador colectivo, cuya última comprensión deriva del diálogo, del debate, y en suma, del intercambio de opiniones de un público masivo. De esta condición masiva del espectador, Benjamin extraerá nuevas consecuencias que definen, con grave acierto, aquella hora del mundo: el carácter impolítico, estético, del fascismo, y la politización del arte, como respuesta, en el comunismo. El propio Benjamin, muerto en Port Bou por mano propia cuando huía de los nazis, es ejemplo terrible de cuanto aquí se dice. Su análisis de la mecanización del siglo, tantos años más tarde, nos abre inesperadamente a la vértigo industrial, al arte como bien de consumo, del que hoy somos tributarios.

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