Crítica de Teatro

El baile entre lo real y lo simbólico

Representación de 'El baile de los incoherentes', en el Teatro Echegaray. Representación de 'El baile de los incoherentes', en el Teatro Echegaray.

Representación de 'El baile de los incoherentes', en el Teatro Echegaray. / daniel pérez / teatro echegaray

El teatro del siglo XX le debe mucho a August Strindberg, cuya Señorita Julia pasará a los anales de la literatura dramática. Pero pocos saben de la convulsa vida del autor, paranoico, misógino, atormentado. El baile de los incoherentes surge como una mirada a su vida y obra. Gonzalo Campos hace un buen ejercicio de engarce meta-teatral. El viaje de un matrimonio fallido con una hija deprimida y una amante explosiva sirve como excusa perfecta para teatralizar un relato breve como el del hombre que no se dejaba ver y para contextualizar una representación de La más fuerte, la pieza breve por antonomasia de Strindberg. Una propuesta de nudo naturalista que trata de reflejar los propios devaneos del autor sueco.

También busca ilustrar el simbolismo tardío de Strindberg, con dos personajes polarizados, la vida y la muerte, fuerzas opuestas que pelean y conviven, provocando el desarrollo de los acontecimientos. La potencia visual de la alegoría se refleja en los recurrentes rojo y blanco y la coreografía se arriesga a jugar en el territorio de la metáfora.

Sin embargo, la convivencia de ambos lenguajes genera cierta fricción en la puesta en escena: la potencia de los conflictos mundanos se vuelve melodramática en el desarrollo de unos personajes tan poéticos, tan cultos. Los personajes se muestran así como diamantes en bruto, que aún hay que tallar en busca de matices para eliminar la unilateralidad de posiciones tan extremas.

El elenco defiende con arrojo el envite, donde destaca la versatilidad de una Lucía Moreno madura, creíble, afrontando el famoso monólogo del sueco y disfrutándose los silencios que al final la hacen (o no) la más fuerte. En definitiva, una propuesta por la que se pasean Anouilh, Zola y Sartre, plagada de guiños que disfrutarán aquellos que de verdad aman la literatura.

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