artes escénicas El musical se viste de gala

La canción de una chica decente

  • El montaje de 'My fair lady' en el Teatro Cervantes da todo lo que promete: música, espectáculo, una puesta en escena brillante y a Paloma San Basilio en estado de gracia

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¿Un musical, con la que está cayendo? ¿Y por qué no? Uno no sabe muy bien qué pensar respecto a My fair lady, y mucho menos respecto a Paloma San Basilio metida en la piel de Elisa Doolittle, esa chica decente, muy decente. Pero nada más entrar al Teatro Cervantes, donde el montaje se representa en otras seis funciones desde hoy hasta el domingo, se van disipando las dudas. El aforo estaba ayer lleno hasta los topes, lo que confirma que el público, ese misterio, lo tiene muy claro cuando quiere distraerse. ¿Que Cristóbal Montoro habla de entretenimiento? Pues claro. No todo va a ser el cine de Alexander Sokurov ni el teatro de Robert Lepage. Muchos abanicos en ristre, un cielo azul iluminado en escena, el director de la orquesta de once músicos, Sergi Cuenca, asoma la cabeza en el foso para saludar al respetable, el anuncio enlatado profiere el último aviso, los abanicos regresan a los bolsos y voilà, la magia ocurre. Vaya que sí.

El montaje de My fair lady en cuestión, ya veterano en el actual repertorio de musicales que sacude al país, es una producción de Stage Entertainment dirigida por Jaime Azpilicueta, y en este sentido sí que cabe tener expectativas. Lo bueno de este espectáculo redondo, compacto y perfectamente presentado, como el mejor de los regalos, es que da exactamente lo que promete. Todo está cuidado al detalle: la escenografía conjuga elementos tradicionales que suben y bajan con dos paneles flexibles que recrean los ambientes exteriores con furor tridimensional, y todo resulta ligero, eficaz, preciso pero no recargado. El vestuario es siempre creíble, apropiado, imaginativo y hermoso (los murmullos de exclamación entre el público en la escena del hipódromo eran reveladores). El ritmo del montaje, tanto en la dirección de actores como en las coreografías, es magistral: todo transcurre como una exhalación pero deja un poso en cada número. Y en cuanto al reparto, hay que admitir que Paloma San Basilio se encuentra en estado de gracia, sobresaliente en su interpretación, soberbia en la voz y en el tránsito del habla al canto, por más que su acento lumpen suene ridículamente impostado. Por no hablar de Juan Gea y Joan Crosas: cada gesto es en ellos una lección de oficio. Mezclen todo esto con un aluvión de corcheas y un montón de azúcar servida en una irresistible tonalidad mayor y tendrán una noche inolvidable. Háganse ese regalo. Aunque sea por los viejos tiempos.

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