Dos caras: esperanza y desolación

  • 'los pobres' (1905). Aguafuerte sobre zinc, estampado sobre papel vitela Van Gelder. Una plancha a un solo color (negro). Donación de Christine Ruiz-Picasso. 'Málaga Hoy' presenta a sus lectores, una por una, las 155 obras de Pablo Picasso que componen la importante colección permanente del Museo Picasso Málaga, legado fundamental del artista

PICASSO fue muchas cosas, pero esencialmente fue un humanista. Y, aunque desde el cubismo a la mitología bebió gustoso el pasado y alumbró el futuro, fue un humanista de su tiempo: su principal preocupación artística fue el hombre, su dimensión, su naturaleza, su cuerpo y su espíritu; y buena parte de la estética que estableció tiene su punto de partida en el viaje más difícil, el que conduce al otro. El citado cubismo, por ejemplo, sería en Picasso la expresión plástica de la constatación, un tanto turbia, de que es imposible conocer plenamente al otro, o, de una manera general, a la realidad. Antes, sin embargo, Picasso se acercó al otro con cierta preocupación social e histórica y prestó especial atención a los elementos apartados y marginados, a los perdedores y rotos, a quienes parecían no tener sitio en una Europa que se las prometía felices en los albores del siglo XX, aunque ya hacía prever los desastres que acontecerían en dos guerras mundiales. El pintor fijó su mirada en ellos con un carácter pionero, y dejó una obra que habría de servir de alimento a diversos estamentos culturales posteriores, desde el neorrealismo hasta el existencialismo. Un testigo de esta inquietud se encuentra en la colección del Museo Picasso Málaga: se trata del grabado Los pobres, que el malagueño realizó en París en 1905.

El aguafuerte habla por sí solo con una elocuencia que no deja lugar a dudas. El observante encuentra ante sí una pieza pequeña (ocupa en el papel sólo 33 por 26 centímetros) que, sin embargo, seduce a la vista como un relámpago. El conjunto presenta una imagen familiar con, en principio, cuatro figuras: un padre, una madre y dos niños que juegan. Les rodea un campo desolado, una extensión seca de un país yermo. Alguna bestia se adivina entre las líneas, al fondo de ninguna parte, encarnación del hambre. Parecen olvidados, alguien les dejó allí y luego no regresó a por ellos. La estampa, que parece esgrimir cierta intuición religiosa a la manera de una Sagrada Familia huida a Egipto (desarraigada, sin casa ni destino), recuerda a las obras que prefiguraron la Etapa Azul de Picasso: está contaminada de la misma tristeza, aquí si cabe más contundente, como clavada en las entrañas. Los personajes son famélicos, huesudos, especialmente el padre, de hombros pronunciadísimos y cuyos brazos parecen a punto de quebrarse como cañas. La madre, ausente, abraza lo que asemeja un pequeño tamaño, tal vez un niño pequeño, quizá un niño pequeño que fue y cuyo recuerdo pesa como el vacío. La soledad escuece, se filtra por todas partes. Los personajes están pero no se acompañan.

Y, sin embargo, se diría que esperan. Antes de confundir distintas expresiones en un solo rostro, Picasso ya era capaz de fundir dos personalidades, dos estados de ánimo, dos interpretaciones de la misma persona en una sola representación. Mientras la amargura crece, la esperanza parece hacerlo en la misma progresión: el hombre mira al horizonte, parece divisar un camino, una salida. Los pequeños, sobre los que recae una luz especial (que revela la maestría de Picasso en la técnica del grabado), juegan despreocupados, ejercen su papel de niños. Ellos podrían estar en otra parte, y de hecho parecen estarlo. Son una promesa de futuro, un quiebro del destino, el convencimiento de que, más allá de la sal y la podredumbre, espera una tierra de liberación. Es esta paradoja la que crea en quien observa una afectividad inmediata ante el objeto: el hombre es siempre uno y su contrario, también en sus derrotas, las que evidencian que no ha sabido procurar su propia felicidad.

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