La carne siempre tan valiente y fugitiva

  • Juan Luis Tapia propone en 'Cuerp@s', publicada por Lápices de Luna, una antología más carnal que erótica

El cuerpo como tal fue ignorado por la poesía durante siglos. En caso de tomarlo en consideración, a lo sumo, era para verlo como el refugio o la jaula, el espejo o la armadura del alma, anguila escurridiza donde las haya. Durante siglos, el poeta se desvivió por conseguir una voz o una mirada propias para reivindicar su identidad, descuidando el papel decisivo del propio cuerpo en la definición de dicha identidad. (No nos engañemos: no es igual ser hombre que mujer, ser blanco que negro, ser atractivo que no serlo).

Todo esto fue cambiando a lo largo del siglo XX, unos dicen que con los estertores de la Modernidad, otros que con el adviento de la Posmodernidad, el desarrollo de los estudios antropológicos, los estudios raciales, los estudios feministas, el psicoanálisis, el consumo de pornografía o los avances de la medicina en la comprensión de las funciones del organismo, etc. No importa. No pretendo fijar lindes, sino explicar dónde estamos. Y hoy estamos aquí: el cuerpo se ha convertido en una sugerente metonimia de la persona y de su mundo.

A este tapiz, lienzo o jeroglífico, Juan Luis Tapia ha consagrado una atractiva antología carnal, que no erótica, Cuerp@s (Lápices de Luna), un libro irreverente, cuando no iconoclasta, travieso, cuando no zumbón. El objetivo es invitar al lector o la lectora a redescubrir el propio cuerpo, reivindicarlo, disfrutarlo: "Las propuestas no se han cerrado a esa connotación erótica del cuerpo como territorio del sexo, objeto de caricias y mapa continuo donde hallar los secretos del otro", explica Tapia en la introducción. En Cuerp@s, el susodicho se erige en el templo o el teatro, la timba o la trastienda donde todo sucede; el cuerpo es esa encrucijada desde la cual parten un sinfín de caminos y a la cual un sinfín de caminos vuelve. Tapia escribe: "Este antólogo ha querido huir del topicazo de ese erotismo de baratillo mediático, tan manido y lleno de corsés, de exclusivas miradas del fauno masculino, de vulgares recreaciones cabareteras o de aquellos burdeles de raso con olor a moho y orín". Y es que si bien el sexo define nuestro ser, el ser no acaba en el sexo. La carne -"tan valiente y fugitiva", según adjetivación de Felipe Benítez Reyes- es la gran protagonista de esta historia.Y la historia es forzosa, gozosamente heterodoxa.

El volumen reúne a veintidós autores (veintitrés si contamos a Susana Román Jiménez, responsable de las magníficas ilustraciones). El libro abre sus páginas a un Premio Cervantes (José Manuel Caballero Bonald), dos Premios Federico García Lorca (el mismo Caballero Bonald y Rafael Guillén) y varios Premios de la Crítica (Felipe Benítez Reyes, Luis Alberto Cuenca, Luis Antonio de Villena, Andrés Neuman). En Cuerp@s, las vacas sagradas pastan complacidas junto a valores seguros y nombres emergentes.

Por una vez, la cuota femenina supera a la masculina, quizás porque la mujer mantiene una relación más íntima con el propio cuerpo y tiene más que decir sobre él que el hombre. Debo reconocer, en cualquier caso, mi preferencia por la poesía de ellas, sobre todo porque me descubren cosas que intuyo o sospecho, que jamás sabré con absoluta certeza, como cuando Ana Merino escribe en el poema Mujercitas: "Nosotras vestidas o desnudas / florecemos con el agua de los besos / que humedecen las promesas". O como cuando esta misma poeta habla de "La pasión del azúcar quemada / sobre la crema fría / en los postres helados". La imaginación se dispara: ¿De qué será metáfora esa "azúcar quemada"?

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