Sus celestiales majestades

  • Maná conquistó el pasado sábado a las más de 10.000 personas que se dieron cita en el Estadio de Atletismo con una soberbia demostración de poderío musical y escénico

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Cada concierto que la banda mexicana Maná ofrece en Málaga adquiere un inevitable gusto agridulce: la noche el 15 de julio de 2000, el grupo actuaba en la plaza de toros de La Malagueta mientras el concejal José María Martín Carpena moría asesinado a manos de ETA en Nueva Málaga. El concierto que Fher y los suyos ofrecieron el sábado en el flamante Estadio de Atletismo tuvo sin embargo mucho de distinto, como un regalo nunca antes brindado que sonó a nuevo. De modo que las más de 10.000 personas que se entregaron sin reservas al cuarteto (muchas ya acamparon en los aledaños del estadio por la mañana para garantizarse una buena posición), y que sin embargo no llegaron completar el aforo (especialmente en la zona frente al escenario, aunque las gradas sí se llenaron) disfrutaron de una de las experiencias más elevadas que en cuanto a sonido y puesta en escena han acontecido en la ciudad en los últimos años, un concierto cuyo formato, comparado con los de las últimas giras de U2 y Lady Gaga, ha recibido elogios allá donde ha campado. No era para menos: el rock latino tiene una de sus cimas en este grupo y ayer no hubo dudas al respecto.

Maná presentó en Málaga su último álbum, Drama y luz, con la artillería a punto. Tras un retraso de más de media hora, uno de los temas del mismo disco, Lluvia al corazón, abrió la esperadísima comparecencia de la banda (eso sí, oculta aún tras un telón blanco sobre el que se proyectaban imágenes evocadoras) con una ensordecedora respuesta por parte del público. Ya entonces estuvieron servidos todos los ingredientes que durante las más de dos horas posteriores contribuyeron a hacer del concierto algo inolvidable: la prodigiosa voz de Fher, el contundente oficio de Alejandro González a la batería, una calidad de sonido abrumadora y una puesta en escena proverbial, llena de efectos sorprendes y colmada con una iluminación que resaltaba al detalle cada gesto de complicidad con el público. Luego sonaron Oye mi amor, Cuando los ángeles lloran, Clavado en un bar, Amor clandestino, Sor María y, entre lo viejo y lo nuevo, Vivir sin aire y El muelle de San Blas. Si se trataba de olvidar los problemas, el bálsamo fue el mejor.

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