Este chico se divierte, y nosotros también

Aún quedan fans, al menos James Blunt tiene unas cuantas. Y le adoran, y él cuida de ellas. Ver como una de ellas perseguía anoche al cantante inglés por el patio de butacas del Cervantes impresiona. Así son las estrellas que venden 15 millones de discos, pero ya existen pocos de la categoría del autor de You're beautiful.

Musicalmente, Blunt no tiene mucho nuevo que ofrecer. Lo suyo es encadenar torch songs en cascada. Sin moverse de los medios tiempos que tan bien funcionan en las radios, el inglés da exactamente lo que se espera de él: emociones estereotipadas y ganchos melódicos no muy elaborados. Lo que hace soportable el exponerse a su música, claramente derivativa de la de Coldplay -a su vez continuador de Embrace y tantos otros sucedáneos del primer brit-pop-, es que el que fuera soldado en Bosnia tiene gracia, es majo.

Por más que pueda parecerlo en sus videoclips, este tipo no es un llorón, sino un caradura. Salvando las distancias -siderales-, Blunt es un Dean Martin post Oasis. El señor ha logrado cuatro o cinco temas de esos que se te enganchan -High, Goodbye muy lover, Billy, 1973 y, sí, You're beautiful-, y con ellos, una buena banda da y una magnífica puesta en escena -muy bueno lo de las cámaras en los micrófonos, las luces y la caída del telón- ofrece un espectáculo más que digno.

James Blunt no toma muchos riesgos, ni al piano ni a la guitarra, y las estructuras de las canciones indican pocas posibilidades compositivas -el falsete hizo aguas-, pero cuando se la jugó anoche ganó: las dos estrofas que cantó en español fueron un guiño inteligente, así como las escasas palabras al público: "Ahora viene otra canción miserable, pero luego vendrá una más feliz". Blunt fue un coñazo en 2005, pero anoche fue un gran tipo. Y tocó un gong.

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