La ciudad como escenario

  • Málaga es un lugar habitual para rodajes desde hace décadas, tanto para largometrajes como para publicidad, pero aunque ha sido protagonista ocasional casi siempre es un espacio anónimo o ficticio

Nueva York tiene muchas películas, así como Madrid, Londres, París -tanto francesas como de Hollywood, es curiosa la fascinación estadounidense por la ciudad de las luces-, San Francisco y muchas otras capitales. Luego están, en una gloriosa segunda división, ciudades como Casablanca, que han sido escenario de algún giro afortunado del celuloide -casi siempre falso y por la vía del decorado-. Después, están todas las demás urbes. Málaga se encuentra en ese paquete. Y estar en el montón ya es mucho. Ahí está, por ejemplo, Málaga (1954), filme de espionaje que protagonizó Maureen O'Hara. Pero Málaga y la Costa del Sol vivieron su edad dorada del cine con el género de la comedia del turismo.

En 2008, la situación es otra muy distinta. En nuestras calles se ruedan anuncios -muchos-, videoclips -algunos- y películas -pocas-. Existe una institución, Málaga Film Office que gestiona los rodajes, y en cuya web se ofertan localizaciones vendibles: la Catedral, Gibralfaro, el Parque Tecnológico de Andalucía, el aeropuerto... También se informa de qué se ha rodado y la lista de trabajos publicitarios apabulla -ya no es extraño reconocer algún rincón de la ciudad al saltar de Los hombresde Paco a House-.

Lo más llamativo del estado audiovisual actual de Málaga es su capacidad para no ser Málaga. Salvo en El camino de los ingleses (Antonio Banderas, 2000), en la que las calles aparecen travestidas de sí mismas a la manera de finales de los setenta, nuestra ciudad juega a ser cualquiera y parece incapaz de reivindicarse a sí misma. Málaga como escenario de rodajes sigue la línea de la gris Toronto, suerte de barata Nueva York para producciones de bajo presupuesto.

Lugares como el Parque Tecnológico de Andalucía, con sus calles ajardinadas y sus anónimas pieles de cristal, son escogidos por productoras de publicidad para vender coches porque podrían estar en cualquier sitio. Nuestra catedral, obviando su condición manca, no llama la atención si dicen que está en Perú -valga como prueba El puente de San Luis Rey (Mary McGuckian, 2004), que nos trajo a Robert DeNiro-. La calle Larios, en plano corto y siempre con sol, no existe como tal sino como lugar común occidental.

Hace unas semanas, el rodaje de Primetime, una pequeña película nacional, se pasó por el Observatorio de Medio Ambiente Urbano, una construcción escondida y contemporánea. ¿Buscaban a Málaga? No, querían un nolugar. Exactamente lo mismo que The Chemical Brothers, Simply Red o la hermana pequeña de Kiley Minogue para sus videoclips, o que Hyundai, Seat, C&A, Opel o Mercedes.

No es reciente la pérdida de personalidad de Málaga, cuyo rostro perdió lustre a partir principios de los setenta -el ladrillo vulgar borró muchos de los mejores ejemplos de arquitectura propia-, y que hasta ahora no ha apostado por pronunciarse: imitaciones como el Palacio de Congresos, o barrios substituibles y anónimos como el nuevo paseo marítimo o Teatinos, no han ayudado. Quizá el Auditorio, con un programa diferenciado de todos los modelos anteriores en su tipología, marque el comienzo de la recuperación de la personalidad de una ciudad sin referentes.

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