La clave Shakespeare

Teatro Cánovas. Fecha: 20 de febrero. Texto: Richard France. Versión y dirección: Esteve Riambau. Reparto: José María Pou y Javier Beltrán. Aforo: Unas 370 personas (lleno).

Cuando José María Pou presentó su montaje de La cabra o ¿Quién es Sylvia? de Edward Albee en Málaga, allá por 2006, reparábamos en cómo el actor, allí también director, reforzaba las tesis del texto más cercanas a Shakespeare, en cuanto a que presentaba un protagonista que había decidido ir, como buena parte de la galería que firmó el bardo, más allá de lo que su humanidad presuponía, rompiendo límites y visitando avernos de los que no podría regresar. Igualmente, tomábamos nota de la dialéctica aplicada como tensión escénica: el drama se resolvía en equilibrio entre fuerzas contrarias, de la razón ecuánime al desvarío más descarnado, de la calma pactada a la violencia desatada en una sola chispa. Pues bien, en Su seguro servidor, Orson Welles, la obra que nos devuelve a este grandísimo creador (en todos los sentidos), y aunque aquí la dirección ya no corre de su cuenta, se dan, felizmente, las mismas coordenadas. Sólo, si se quiere, ocurren de una manera mucho más contenida, más disimulada, cenital, como corresponde al carácter crepuscular del personaje. El resultado, eso sí, es de nuevo una celebración decisiva del teatro, una alegría que sube a la boca cuando sabemos que el escenario nos ha dado lo que buscábamos.

Afirmaba Pou horas antes de su primera función en el Cánovas que halló la clave decisiva para interpretar a Welles en Falstaff, viendo Campanadas a medianoche. Y es cierto: el catalán ha convertido al derrochador artífice de Ciudadano Kane en el personaje de Shakespeare que ya era, pero no sólo en el bravucón simpaticote y tabernero de Las alegres comadres de Windsor; también es el Próspero de La tempestad, aferrado a la isla de su estudio de grabación, invocando a las fuerzas de la naturaleza para significar antes del fin; el Tito Andrónico que ve destruido su mundo como consecuencia de sus propios actos; el Rey Lear que se empeña en salvaguardar su posteridad a pesar de las evidencias; y hasta el Macbeth que no puede evitar la sensación de fracaso anunciado a pesar de los éxitos aparentes. Más allá, precisamente, de su soberbio trabajo en el Rey Lear de Calixto Bieito, Pou se confirma (otra vez) en Su seguro servidor, Orson Welles como el actor español más íntima y emocionalmente cercano a Shakespeare. Lo que no es decir poco.

En cuanto a la dialéctica, cabe distinguir, por una parte, la fabulosa construcción del personaje, que transita entre la ira y el humor socarrón con humana naturalidad, aunque el tono de la confesión es siempre doméstico, cómplice. Welles sabía hacerse escuchar siempre, conquistaba a quien se detenía a prestarle atención (su éxito de La guerra de los mundos se daba con igual eficacia en las distancias cortas) y calabazas como la de Spielberg las asumía como absolutas derrotas; en el escenario, Pou juega a reproducir ese encanto con el espectador, y lo hace ganándoselo siempre, tanto en sus explosiones de furia como en las batallitas de viejo. En un sentido también dialéctico puede entenderse la teatralidad que Riambau confiere a una escena sencilla a priori: pasajes como el truco de magia resultan evocadores y hermosos. Mucho teatro, en fin, puesto al servicio de ese trozo de carne llamado corazón.

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