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Un comité para el caos

  • 'Mentiras, incienso y mirra' presenta en el Alameda una ácida comedia sobre la amistad desaprovechada en sus posibilidades

Eterno asunto, el de la amistad. Decía Woody Allen que las relaciones humanas se mantienen porque, en el fondo, todos necesitamos los huevos, y precisamente el judío de Manhattan es el primero que sube a la boca cuando se asiste a la representación de esta comedia, que escenifica el encuentro de seis amigos en una Noche de Reyes. Juan Luis Iborra y Antonio Albert han parido mano a mano un texto amable, ácido, generoso en ritmo y complicidad y además dotado de inteligencia, algo verdaderamente escaso en este tipo de comedias. La acción, concentrada en un ágape bendecido por la costumbre anual (que permite al argumento aligerar sus bases y conceder celeridad al montaje) repetida durante veinte años, se perfila distinta en esta ocasión por una sorpresa prometida desde el principio aunque sólo revelada al final. Son diversos los elementos, en suma, que confluyen para hacer de Mentiras, incienso y mirra algo más que una pieza costumbrista heredada del medio televisivo, muy a pesar de la galería de rostros populares que reúne.

El reparto, precisamente, funciona pero no de manera equilibrada. Los mejores soportes son los de Elisa Matilla, espléndida como yonqui pasada de rosca y desesperada madre vocacional, y en Ángel Pardo, que consigue transmitir credibilidad a su personaje a pesar de ser el que más obstáculos tiene en contra, ya que su condición de homosexual se presenta con más tópicos de los deseados. El resto confluye en un trabajo solvente en cuanto a formas pero de creatividad ajustada: sería de agradecer más valentía a la hora de sumar registros, sin miedo a la parodia, porque a veces el desarrollo de la obra parece exigir ciertas aproximaciones al absurdo que no terminan de materializarse. Quizá el escaso tiempo de rodaje sea el culpable de que a veces la frescura que cabría disfrutar se quede en los labios, así como de los errores de declamación y en las réplicas, todavía demasiado abundantes.

Incidiendo en la idea del absurdo, los mejores momentos de la obra son los que recuerdan a El ángel exterminador, los que ofrecen al espectador un desfile de personajes desarraigados que no pueden salir del recinto al que han ido a airear sus miserias. Se apunta la idea de un grupo humano sometido a los caprichos del caos, cuando ni la costumbre ni los planes del anfitrión consiguen imponerse y lo imprevisible se hace con el devenir de razones y emociones. Pero sólo se apunta: lo que pudo ser Pirandello se queda en otra comedia agradable. Otra vez será.

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