El coraje de un teatro implacable

Teatro Echegaray. Fecha: 16 de octubre. Compañía: Trasto Teatro. Dirección y texto: Raúl Cortés. Reparto: Nerea Vega, Pepi Gallegos y Salva Atienza. Aforo: Unas 60 personas.

Después de su reciente estreno en la sala doméstica del Teatro de la Decepción, la última propuesta de Trasto Teatro vio ayer la luz en un escenario convencional con la misma fría acogida que Málaga suele prodigar a cualquier asomo de la excelencia que ella misma genera, por más que la entrada tuviera un precio simbólico y la función se celebrara en beneficio de Acción Contra el Hambre. Pero hay, al menos, otros motivos de los que alegrarse, y no son pocos. Los satisfechos confirma a la compañía de Raúl Cortés como uno de los fenómenos teatrales más interesantes del panorama escénico español contemporáneo y uno de los proyectos que más atención merecen. Todo lo que sucede en este montaje, lo que se dice y cómo se dice, es digno de ser visto, rumiado, criticado y tenido en cuenta. Pero las leyes del teatro son así de decepcionantes, y los miembros de Trasto Teatro lo saben bien: seguirán cosechando éxitos en sus giras anuales por México y Brasil mientras aquí actúan cada fin de semana en un piso de Teatinos ante aforos de quince personas y se presentan en el Echegaray ante poco más de medio centenar. Cabe recordar el lema de La Zaranda, compañía maestra de estos artistas de Trasto: ellos reirán los últimos.

Los satisfechos se inscribe por derecho en el teatro europeo más político, el que indaga en las raíces de la cultura, la tradición y las formas de manifestación del poder para arrojar un poco de luz a la injusticia y la desesperanza con las que los abusos económicos han condenado a la vida. Las escasas referencias históricas apuntan al pasado de España, a la época de la jambre en la que se podía uno partir la espalda por una peseta de sangre frita con tomate; pero la intención de Los satisfechos es, habiendo aprendido la lección, mostrar por dónde pueden ir hoy los tiros. Y lo hace de manera implacable, directa y sin tomar prisioneros. Ahora que se vuelve a hablar de hambre, alguien tenía que pregonarlo en un teatro. Y han sido los de Trasto los que, por ahora, han ido más lejos.

Si la anterior obra de Cortés, No amanece en Génova, parecía hablar de tú a Shakespeare, Los satisfechos hace lo propio con Beckett, soga mediante: tres desarrapados hambrientos (un cura, un enterrador y una prostituta) esperan al improbable propietario de un plato de sangre frita. El estómago les pide comida a gritos, pero no quieren incurrir en un robo. El dilema que propone la obra es monumental, en cuanto a cómo una moral particular (la doctrina de la Iglesia en este caso pretérito; busquen ustedes otros posibles focos evangelizadores en el presente) se impone a la consideración ética de la igualdad entre los hombres, creando incluso marginados de primera y de segunda clase. Este discurso se sirve sin atajos, con una dirección de actores precisa que regala hermosísimas composiciones al espectador y con un lenguaje (escénico y verbal) pleno de poesía que remite, cierto, a La Zaranda (qué bueno es poder hablar de los de Jerez como escuela), pero también a la mejor tradición del teatro español, la que nace en el Barroco y se muestra aquí, entera, viva. Este coraje merece durar todo el siglo.

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