Los cuerpos del delirio

  • El Espejo Negro celebra su 25 aniversario con el reestreno de una de sus obras emblemáticas, 'La cabra', que la compañía presentará en el Festival de Títeres del Cánovas y el nuevo Festival de Teatro de Calle

En el principio, era el juego: "De niño fui al cine a ver El imperio contraataca y nada más volver a casa me construí un Yoda con lo que tenía a mano". En este pasatiempo infantil de Ángel Calvente se esconde el verdadero germen de El Espejo Negro, la compañía que el creador malagueño fundó en 1989 con Carmen Ledesma. Seguramente, la clave que explica el éxito del proyecto, su permanencia, su reconocimiento y su alcance entre públicos cada vez más amplios tiene mucho que ver con la evidencia de que el juego sigue siendo su fuerza motriz; y es que el teatro, en esencia, como bien lo demostró Shakespeare, es un juego (play) que parte de reglas muy similares a las compartidas por la fantasía de la niñez. El Espejo Negro cumple 25 años, por tanto, y lo hace recuperando uno de sus montajes emblemáticos, La cabra, estrenado en 2000 y constituyente de la primera experiencia de la agrupación en el teatro de calle. El nuevo montaje, convenientemente remozado y actualizado, tuvo su premiére en Villanueva de Córdoba a finales del pasado febrero y a partir del próximo viernes 9 de mayo se representará en varias plazas de Castilla y León y Madrid dentro del Titirimundi, el más importante festival de teatro de títeres de la geografía española. El 20 de mayo podrá verse dentro del Festival de Títeres, Objetos y Visual del Teatro Cánovas (en una cita de insobornable esencia callejera, al aire libre), y el 21 de junio habrá reválida en la capital malagueña dentro del nuevo Festival de Teatro de Calle que prepara Ángel Baena. Pero el Espejo Negro no sólo rescata La cabra: también recupera para los teatros Es-puto Cabaret, estrenado en 2009 y último episodio hasta el momento de la historia de la compañía más arrimada al humor cafre y el underground. Su nueva puesta en escena, más ligera y directa, podrá verse el 23 y 24 de mayo en Estepona y ya están programadas tres funciones para octubre en La Cochera Cabaret.

La cabra ejerce una poderosa posición de hemisferio en la trayectoria de El Espejo Negro, y no sólo en lo cronológico: si hasta el año 2000 la compañía había pagado los costes de una propuesta tan radicalmente innovadora como la suya con intereses, por más que contara desde el principio con el favor del público, a partir de entonces el número de espectadores creció de manera exponencial, en cantidad y diversidad. Buena parte de la culpa la tuvieron las dos producciones para el público infantil Vida de un piojo llamado Matías (2006, también recuperada recientemente) y El fantástico viaje de Jonás el espermatozoide (2010), ambas reconocidas con el Premio Max en su categoría y comulgantes con cierta idea esencial que formuló a la perfección Alfonso Sastre: "Teatro para niños no significa teatro para tontos". También La cabra, con su espontáneo delirio, tuvo mucho que ver en la popularidad creciente de la compañía de Ángel Calvente fuera de Málaga, dentro de una línea, la del teatro de calle, continuada en 2005 con Los perros flauta. En la actualidad, de cualquier forma, El Espejo Negro cuenta con una agenda internacional de actuaciones y su último trabajo, la maravillosa adaptación de La venganza de Don Mendo de Muñoz Seca, estrenada el año pasado en el Festival de Teatro de Málaga (y por la que Calvente recibió el galardón al mejor director en la primera edición de los Premios del Teatro Andaluz), ha ganado la admiración de la crítica y el público mientras sus funciones se siguen incluyendo en programaciones de toda España.

Durante este cuarto de siglo, la clave de El Espejo Negro ha sido, para lo bueno y para lo malo su singularidad. En 1989, Ángel Calvente trabajaba como diseñador gráfico en un periódico y esporádicamente maquillaba a los actores de los festivales grecolatinos que se realizaban en el Teatro Romano. Calvente mantenía por entonces intacta su pasión por las marionetas, aunque sus inquietudes estéticas ya no eran, claro, la del niño constructor de Yodas: "Lo que más me gustaba era el cine, el cómic underground y la vida nocturna. Yo he sido muy calavera". Y así, rodeado de figuras de gomaespuma, cuerpos prometedores de un delirio aún mayor a los que sólo daba vida en la más estricta intimidad, surgió el eureka: "En un principio no me planteé crear una compañía ni nada parecido. Yo sólo quería hacer un espectáculo, y la mejor forma de lograrlo era con lo que tenía a mano: mis muñecos, mi hobby". Y Calvente añade al respecto: "El teatro llegó tarde. Pero me dio de lleno".

Aquel primer montaje se llamó Todas ellas tan suyas y se estrenó en 1990. La protagonista, Eva Lorena, era una niña enferma de cáncer que nació en la puerta de una iglesia justo después de que su madre rematara la botella de licor que acabó con su vida. Nunca antes en Málaga se había visto algo así: aquello era teatro de marionetas, un género todavía asociado sin remedio al público infantil; pero lo que se servía en escena era una orgía de drogas, sexo, alcohol, abusos, orfelinatos y las más sonoras irreverencias. Sin embargo, para la sorpresa de Ángel Calvente, la propuesta funcionó: "En la primera representación me llamó la atención que la gente se riera tanto. Esperaba algunas risas, pero no tantas carcajadas. Esa reacción me dio mucho que pensar y llegué a la conclusión de que la gente se reía tanto de una desgracia tan grande, sencillamente, porque nunca habían visto nada parecido". De cualquier forma, El Espejo Negro ya no podía ser flor de un día. Había nacido una compañía única.

Sin embargo, por más que existiese en Málaga un público afín a aquellos exorcismos repletos de jeringuillas compartidas, felaciones y proclamas soeces mezcladas con canciones extraídas del imaginario más popular, los comienzos no fueron precisamente fáciles; y no tanto por el carácter extremo de aquel primer montaje, sino por la dificultad a la hora de colocar un objeto tan transgresor como aquél: "Muchos nos rechazaban porque decían que el teatro de marionetas debía ser para niños, y lo que hacíamos no era para niños. Otros nos vinculaban a la escuela rusa, y es cierto que podíamos ser deudores de ella en cuanto a la limpieza y la técnica, pero queríamos evitar su frialdad a toda costa. Hoy, desde luego, sigo prefiriendo los sentimientos, aunque sea a través de un discurso pobre. Mi escuela siempre he sido yo mismo, El Espejo Negro, un lienzo en blanco sobre el que he pintado mi teatro. Pero a la gente le costó ubicarnos, y eso lo terminamos pagando. A menudo representábamos un problema para los programadores. Y por ello nos alimentamos a base de patatas fritas durante una buena temporada". Tocaba, pues, hacer de la necesidad virtud: "La banda sonora de Todas ellas tan suyas, que incluía todos los diálogos en play-back, costó 300.000 pesetas. Un día se me olvidó la grabación y tuve que actuar en directo. Aquella misma noche enterré el play-back para siempre".

La querencia por lo underground se mantuvo álgida en las siguientes propuestas de la compañía: Tos de pecho (1993), Heroína (1994), El circo de las moscas (1995) y De locura!, en los que personajes reales como Lola Flores, Cecilia y Rocío Jurado se codeaban con yonquis, travestis, alcohólicos, enfermos terminales, dementes y otras asombrosas criaturas. Por eso, el estreno en 2000 de La cabra, un espectáculo pensado para espacios abiertos, significó para El Espejo Negro la introducción en un territorio delicado: "En un teatro en el cada espectador compra una entrada todo el mundo sabe a lo que va. Cuando hacíamos las obras en las salas, estábamos muy tranquilos porque si había algún niño dentro la responsabilidad era de los padres. Pero al hacer teatro de calle nos ofrecíamos por igual a grandes y pequeños, aunque de ningún modo estábamos dispuestos a perder nuestro sello". Había que encontrar, por tanto, un equilibrio, y como es habitual éste llegó de la manera más natural: La cabra fascinó desde el principio a niños y mayores, lo que permitió a Calvente terminar de demostrar algunas cosas: "En realidad, yo ya había percibido que los niños que venían con sus padres a ver nuestros espectáculos para adultos flibaban. No se quedaban con que dijéramos un taco o hiciéramos tal barbaridad, sino que se mantenían siempre pendientes de las marionetas, de sus movimientos y sus gestos" (Quien firma este artículo recuerda una representación de De locura! en el recinto Eduardo Ocón, en 1998, en el que una niña se encaró con una de las marionetas del espectáculo; al final de la función, la niña terminó saludando al público con el elenco). Así que la siguiente jugada maestra, por más que hubiera que esperar seis años hasta Vida de un piojo llamado Matías, adaptación de un relato de Fernando Aramburu, ya estaba en marcha: un teatro pensado y hecho especialmente para niños.

"La decisión de hacer teatro infantil se pareció mucho a la de tener un hijo. Tenía la necesidad de llegar a eso, y entonces supe que lo haría sin más", apunta Calvente respecto a tan determinante punto de inflexión. Antes, en 2003, El Espejo Negro estrenó Aparirciones, uno de sus montajes más complejos a nivel técnico. Y tras Matías y Jonás, Don Mendo ha llevado a la compañía por otra senda altamente prometedora: la de los clásicos. Ahora, con relevo generacional en el seno de la misma compañía (Laín Calvente ejerce de técnico), La cabra regresa para celebrar la ocasión como merece. Que mientras podamos pasar el platillo...

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