Crítica de Teatro

Los cuerpos terrestres

los perros

Teatro Echegaray. Fecha: 8 de abril. Compañía: Teatro a la Plancha. Texto y dirección: Selu Nieto. Reparto: María Díaz, Manuel Ollero 'Piñata' y Selu Nieto. Aforo: Unas 40 personas.

En Los perros, Selu Nieto y los suyos rinden homenaje a sus maestros de manera clara y distinta, sin tapujos ni medias tintas. La manera en la que todo aquí está dicho, escénica y verbalmente, remite de manera directa a la mejor escuela del teatro andaluz, por su afán de verdad y de concreción a través de un modelo hecho a base de despojarse. En esta escuela reluce especialmente La Zaranda, de forma inequívoca, en el control de los silencios, la repetición constante de las expresiones como balbuceo del lenguaje, la deconstrucción dramática a favor de una construcción humana y hasta en el saludo final mediante la negación del mismo. Pero también respira la misma escuela en las costuras expresionistas heredadas del Teatro del Velador, y hasta en ciertas maneras propias de La Cuadra. Más allá de esta herencia, también se cuelan en este juego de inspiraciones el Sanchis Sinisterra de Ay, Carmela y, claro, el Samuel Beckett de Esperando a Godot. Sin embargo, donde mejor reluce la propuesta de Teatro a la Plancha es en los reflejos (pues son tales, a menudo casi imperceptibles entre el volumen del homenaje) que mejor destilan una manera propia de hacer teatro. Los mayores valores de Los perros son así, por una parte, su abrumadora escenografía, acertada en su significado final de monumentalidad; y por otra su carácter abiertamente político en cuanto a exégesis de la Historia a través de la praxis, que no del materialismo. Los perros aborda muchas cosas, pero su contenido último es la justicia. Y lo que se anuncia al respecto es conmovedor.

Por eso, lo mejor es acoger esta obra, bendecida por un reparto espléndido (especialmente Manuel Ollero, directo a las entrañas), como tierra fértil de la que, esparcido ya el abundante abono, crecerá sin duda una cosecha singular e inconfundible. El Pierre Menard borgeano puede ser un ideal literario, pero nunca teatral. El camino promete. Y mucho.

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