La cuestión China en Ifema: cuando el arte tiene forma de extintor

  • Los alzados precios de la entrada evitaron aglomeraciones en la primera jornada abierta al público

La obra de más de tres mil artistas concentrada en tres pabellones no cabría en un extintor. Pero en ARCO las evidencias no suelen tener mucho poder de convocatoria. Aquí se puede jugar a casi todo y un simple extintor de incendios si que podría convertirse en una obra de arte. Todo depende de su colocación, de las lentes de su observador y, sobre todo, del momento de la visita. Si uno ya ha digerido un árbol de papel con altavoces enchufados, un cactus con forma de pájaro, o una pila de latas de cerveza usadas el estómago ya está mas que domesticado. A la vuelta de cada stand puede esperar una cama bien hecha, un ticket de comida en alemán, una montaña de neumáticos o las cadenas de un condenado. Bajo los techos de Ifema, hasta este domingo, la contemporaneidad no tiene límites.

Nada más cruzar el umbral del pabellón 6 (reservado a las propuestas de las instituciones) el soniquete de una rumba desafinada taladra el oído. Es en directo y proviene del stand de Mujeres en las Artes Visuales, la plataforma que promueve estrategias y propuestas legislativas para la igualdad en la industria cultural. Hasta ahí todo correcto pero cuando el expositor es una suerte de caseta de feria con La Banda del Peleón castigando el folklore, y una joven vestida de faralaes animando el cotarro cuesta entender eso de la igualdad. Pero en arte no hay nada que entender –esa es una de sus consignas– aunque sus responsables intenten explicarlo. Al parecer la escena representaba un pueblo de la campiña sevillana y al Sindicato de Obreros del Campo. Una decide entonces pasar de largo y acercarse al stand de Radio 3 para intentar subsanar el primer tropezón. Lástima que estuvieran presentando a un músico, al parecer emergente, junto a un teclado y vestido con una camisa de lentejuelas verdes. Pero el paseo debe continuar –como el show– y a sus espaldas la carpa dedicada a los foros prometía mimar un poco mas el intelecto. Las estrategias de futuro en el mercado global del arte sonaba bien y cumplió las expectativas. Los ponentes esperaron estoicos a que los rumberos de feria que sonaban de fondo se tomaron un respiro y comenzar la charla. “A partir de 2006 China entra en la lista de los países que más comercian con el arte hasta llegar a ocupar el tercer puesto”, recordaba hábilmente Clare McAndrew, economista cultural y analista de inversiones. Como tenía que ser, el fantasma de la crisis pronto inundó todo el discurso, el nombre de China volvía a resurgir y con él unas siglas claves: HNWI, o lo que es lo mismo “personas acomodadas que compran arte”, aclaraba la analista irlandesa. Y un nuevo dato esclarecedor: el año pasado mercados emergentes como el de China o India experimentaron un crecimiento medio del 10% “cuando el resto de países fue en regresión”. Y una no puede por menos que pensar en las pocas pegatinas rojas que ayer se veían junto a los cuadros (señalan la pieza vendida) y en los 32 euros que cuesta este año la entrada general a la feria, el precio más caro de toda su historia.

Ajenos al dolor de los bolsillos, Laura y sus compañeros de instituto miraban con asombro a Cuaratordeus, uno de los atractivos del stand de Espacio Mínimo. Cuatro esculturas posaban ataviadas de rockeros de la vieja guardia y dispuestas a explorar “la relación entre la música y las artes visuales”, como rezaba la ficha al margen. Según su autor, Enrique Marty, se pretendía transmitir una curiosa perspectiva, “que los comisarios y teóricos del arte guardan un gran parecido con los viejos rockeros” en lo que a riesgo y osadía se refiere. A Laura y sus compis les gustó la instalación. Cámara en mano habían sufrido cinco horas desde La Rioja en autobús con un programa de actividades que incluía visita al Thyssen, a ARCO y al Teatro Alcázar para ver la obra Arte, todo por 120 euros. A cambio tendrían que fotografiar la pieza que más les había encandilado y la que menos, con objeto de analizarlas en el aula. Todos coincidían en que ARCO “mola más” que el Thyssen y Javier desvelaba su motivo: “cuanto más rebelde es la obra más te impacta”.

Ellos podrían ser los futuros compradores en un mercado del arte que, dos pabellones atrás, seguía dominando el discurso de sus analistas. La demanda ha ido a menos en los últimos años “pero las personas acomodadas han cambiado los hábitos de compra. Prefieren invertir en artículos de lujo que tengan valor a largo plazo como las joyas o el arte y no tanto en coches o aviones”, recordaba Clare McAndrew. Y, sin quererlo, lanzaba al aire una frase que bien podría ser el eslogan de ARCO hacia sus propios acomodados: “El arte es una inversión de pasión”.

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