Como demonios dentro de una tinaja

Escribió don Antonio Machado en las notas últimas (1937-1939) a su Juan de Mairena: "El verdadero invento de Satanás -profetizaba Mairena- será la película sonora en que las imágenes fotografiadas, no ya sólo se muevan, sino que hablen, chillen y berreen como demonios dentro de una tinaja. El día en que ese engendro se logre coincidirá con la extensión del empleo de los venenos insecticidas al aniquilamiento de la especie humana. Por una vez estuvo Mairena algo atinado en sus vaticinios; porque la película sonora y el uso bélico de los gases deletéreos son realmente contemporáneos". Como suele suceder a los críticos radicales de la cultura de masas, don Antonio se equivocó en lo inmediato para acertar en lo futuro, como si hubiera sido capaz de intuir que en el cine sonoro -pese a que haya dado tantas obras maestras de arte y de entretenimiento, y aún hoy las dé con cuentagotas- estaba puesto el huevo del que, incubado a lo largo de más de setenta años por los desarrollos del propio cine, la televisión, los videoclips y los videojuegos, acabaría por nacer el espectáculo poshumano que Speed Racer representa tan cumplidamente. Imágenes que chillan y berrean como demonios dentro de una tinaja no es una mala descripción de esta película, que también podría definirse brevemente con la pesimista y famosa frase de Shakespeare: "Una historia contada por un idiota, llena de estruendo y furia, que nada significa". ¿Y qué pintan Machado y Shakespeare en una crítica sobre este videojuego con forma de película que convierte en largometraje virtual Meteoro, una de las primeras series japonesas de animación que triunfaron en todo el mundo? Nada. Pero ya que hay quien ha publicado libros de supuesta filosofía sobre Matrix, anterior aportación de los hermanos Wachowski al arte y el pensamiento contemporáneos, uno se siente autorizado a cañonear este ruidoso mosquito de Speed Racer con tan ilustres nombres. Dicen que gracias a Meteoro esta versión virtual de los Hermanos Malasombra que son los Wachowski descubrieron que había animación más allá de El oso Yogui y Los Picapiedra. Pues se podían haber quedado en Yellowstone o en Piedradura, visto a donde les ha llevado el descubrimiento. A hacerse ricos y famosos, sí, pero a costa de contaminar aún más el ya degradado entorno audiovisual.

En Speed Racer no hay guión, ni realización, ni interpretaciones, ni casi actores de carne y hueso, hasta tal punto la tratadísima, brillante y multicolor imagen digitalizada los irrealiza. ¿Y qué? Justo este vacío lleno de efectos y esta nada pletórica de sensaciones casi físicas es lo que demandan los entusiastas que adoran a los Wachowski. Speed Racer no miente, desde luego. Hasta desvela, y algunas críticas lo han subrayado, un tufillo fascistoide que en Matrix era mucho más acentuado. No se trata del fascismo clásico, desde luego, sino de una especie de ciberfascismo que juega peligrosamente con estereotipos de fuerza, poder y violencia en un universo del que lo humano se ha eclipsado porque no existen límites ni diferencias entre las cosas y los seres. Y además, es aburridísima.

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