El derecho al sentimiento

  • Sólo cuatro meses después de 'Las aventuras de Tintín' llega a la cartelera la última película de Steven Spielberg, 'Caballo de batalla', una historia de amistad ambientada en la Primera Guerra Mundial.

Los 80 apasionan, no cabe duda. Todavía no ha remitido la influencia cyberpunk de Blade Runner, ni lo trascendental de su aportación (o invención, según se mire) al neo-noir, ni los universos mitológicos de criaturas como El octavo pasajero, ni los inquietos despiporres arqueológicos de En busca del arca perdida. La década de los 80 puede presumir de haber criado a una generación cinematográfica envidiable en muchos de sus facetas, y es más remarcable la ambición comercial y crítica de ésta denominada promoción ochentera, que ha obrado mitos y leyendas de la ficción contemporánea. En aquel entonces, Steven Spielberg ya tenía al público embaucado en apenas diez años de carrera, todo gracias a la bestia marina que salpicaba esencias hitchcockianas (Tiburón). Y es que ofrecía al público un divertimento rudo, salvaje, alejado de un thriller que no deseaba ni tantear (a día de hoy sigue sin haberlo hecho), en el que Roy Scheider navegaba por las carreteras marítimas de Nueva Inglaterra cual Janet Leigh conducía en Psicosis, mientras que un Norman Bates disfrazado de escualo gigante le espera en una ducha algo más amplia de lo normal. Pero si de algo se ha alimentado Spielberg ha sido del melodrama, y lo que en su momento hizo con E. T. el extraterrestre hoy no lo podría hacer debido a la insensibilidad de un espectador encaminado a ver Amanecer-Parte 1, y porque exprimirle la lagrimilla de turno al público se ve más como un gesto comercial que como cualquier otra cosa. No se le puede reprochar a los espectadores, porque lo que era un género impagable y atemporal, algunos autodenominados directores de cine a los que no les falta un cheque en blanco a su espalda lo han convertido en el hazmerreír del séptimo arte. Caballo de batalla, la segunda cinta de Spielberg en apenas cuatro meses, y que llega hoy a las carteleras, busca recuperar un melodrama basado en la ovación y el respeto, auténtica esencia que Spielberg ha querido retratar en sus mejores obras. No es seguro, sino obvio que las pantallas actuales echan en falta una Lista de Schindler, o al menos, les hace falta a muchos guionistas volver a visionarla, puesto que sus intelectos sólo son capaces de sacar un diálogo tan expresivo como un "te quiero", y porque siguen centrados en darle al público un espectáculo de carencias artísticas.

Con la nueva cinta de Spielberg se retorna a una adolescencia vestida de sangre y fuego, donde el sinónimo de mala suerte es que todas las balas perdidas te alcancen a ti. A muchos les puede sonar típico y habitual el insertar una historia de esperanza ante la avalancha de desesperación y temor que acompañan a una guerra, pero la oda al arte visual que Spielberg representa en Caballo de batalla, tiene que representar algo más que un llanto contra el belicismo. En esta clase de conflictos, muy poco espacio (o ninguno) hay para el sentimentalismo, pero hay que saber manejar la ficción lo suficientemente bien como para crear cintas que carezcan de base realista, aunque vayan cargadas de dinamismo cinematográfico. Si para ello hay que trastocar la memoria histórica, que se haga, porque lo más real que se vea en una pantalla sigue siendo irreal. ¿Es cursi? Sí, nadie lo negará al salir de verla, pero no busca ni el diálogo fácil ni las maneras convencionales, y aunque sea arte de contemplaciones emocionales, para los ochenteros, aquéllos que se emocionan con el "Te quiero... lo sé" de El Imperio contraataca, Caballo de batalla es, ante todo, un chute de nostalgia melodramática, se mire por donde se mire.

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