El descanso de los heterodoxos

  • El próximo número de la revista 'Andalucía en la Historia' dedica un estudio al Cementerio Inglés de Málaga, el primero para cristianos no católicos abierto en España

Si a alguien no resulta ajeno el Cementerio Inglés de Málaga es a los gatos que, de vez en cuando, se ven cruzando sus jardines. Y si, tal y como creían los egipcios, los mininos pueden establecer contacto con el más allá, aquí desde luego se encuentran en su salsa. Por eso también se les encuentra casi siempre dóciles, mansos, absortos. En los seres humanos, sin embargo, el lugar ejerce también una poderosa influencia merced a la profunda melancolía que inspira. Sus sepulturas en tierra, tan contrarias a los anónimos nichos que abundan en el presente, prestan detallada información sobre sus usuarios, y por eso las historias brotan aquí detrás de cada nombre y de cada desiderata como en una novela interminable. Sobre el verdor del suelo y de las numerosas especies exóticas que pueblan la floresta del recinto, el cielo parece, siempre, invariablemente gris. El Cementerio Inglés es de hecho un trozo del norte traído ha esta suntuosidad del sur, una suerte de otoño perpetuo apto para mantener álgida la memoria de los que se fueron. En los últimos años se han multiplicado las posibilidades de participar en visitas guiadas por el camposanto, o en los recorridos teatralizados. También son más habituales las conferencias, las actividades culturales y el propio uso litúrgico de la iglesia anglicana de San Jorge. Sin embargo, cuando se accede al recinto cualquier mañana, a través de la monumental entrada, lo que predomina es la soledad y el recogimiento, apenas interrumpido por las tareas de mantenimiento. La declaración de Bien de Interés Cultural, un objetivo por el que la Fundación Cementerio Inglés de Málaga luchó largo y tendido y que se consiguió finalmente el año pasado, ha conferido al espacio una mayor visibilidad además de protección. Pero el cementerio sigue siendo ese delicioso anacronismo que tanto habla de un periodo fundamental de la Historia de Málaga.

El próximo número de la revista Andalucía en la Historia, que publica el Centro de Estudios Andaluces, y que saldrá a la venta el próximo mes de enero, incluye un jugoso estudio sobre el Cementerio Inglés de Málaga. Y lo hace como ejemplo de las medidas que el Gobierno británico puso en marcha ya a comienzos del siglo XIX para atender a sus súbditos repartidos por todo el mundo. En los dominios del Imperio, el suministro de estas atenciones resultaba relativamente sencillo; pero la expansión británica en este tiempo se dio también, más allá de las fronteras imperiales, por cuestiones económicas, comerciales y estratégicas. Durante el mismo siglo, el Gobierno británico abrió más de 2.400 camposantos en todo el planeta, y los mantuvo casi todos hasta bien entrado el siglo XX. El primero con el que pudo contar en España fue el de Málaga, pero no el único: posteriormente se construyeron el Cementerio Británico de Madrid y el Cementerio de Los Ingleses de Camariñas (La Coruña), entre otros. Cuando el malagueño abrió sus puertas en 1830 se calculaba que residían en la ciudad unos 300 ciudadanos británicos, una colonia nada desdeñable a cuyos miembros, en la España católica de la época, se les negaba el reposo en tierra firme por su condición de anglicanos. La única opción que tenían estas familias para dar sepultura a sus difuntos, cuando la repatriación de los cadáveres constituía aún un sueño imposible, consistía en enterrar los cuerpos (siempre de noche) de pie en la arena de la playa, donde quedaban a merced del oleaje y los perros. La solución a semejante situación la procuró William Mark, cónsul en Málaga desde 1824 y primer benefactor del Cementerio Inglés.

Después de numerosas peticiones, Mark consiguió que el Ayuntamiento cediera a su causa la parcela en la que actualmente se encuentra el camposanto, y que poco después fue transferida al Gobierno británico. Así nació el primer cementerio para heterodoxos de España, que terminó acogiendo los restos de fallecidos procedentes de numerosos países del mundo y también de las más diversas confesiones. Según el registro de enterramientos, la primera persona que recibió aquí sepultura, cuando ni siquiera estaba aún acotado el recinto, fue un marinero, George Stephens, que falleció ahogado en el Puerto de Málaga en enero de 1831. El primer enterramiento intramuros fue el de uno de los más insignes pobladores del cementerio, el soldado irlandés Robert Boyd, que secundó a Torrijos en su fallida campaña contra el absolutismo y que murió también fusilado en San Andrés. Ya en los años 30 del siglo XIX, el hijo de William Mark, llamado William Penrose Mark y heredero del puesto de cónsul, introdujo una modificación elemental: mandó construir en el enclave una casa para el guarda del cementerio y su esposa que entre 1890 y 1891 se convirtió en la iglesia de San Jorge. En 1856, además, levantó otro pequeño habitáculo a la entrada del camposanto, que hoy funciona como centro de recepción e información.

La nómina de notables que gozan aquí de su descanso eterno es bien conocida: desde el capitán, el ingeniero y 60 marineros del buque escuela alemán Gneisenau, que se hundió frente a las costas de Málaga en 1900, hasta cuatro ciudadanos norteamericanos que fallecieron en la Segunda Guerra Mundial y cuyos restos fueron descubiertos en el mar, pasando por el poeta Jorge Guillén, el hispanista Gerald Brenan, la escritora norteamericana Gamel Woolsey (esposa del anterior) y el también escritor finlandés Aarne Haapakoski, un autor verdaderamente a descubrir, autor de numerosas novelas policiacas (la saga protagonizada por Klaus Karma, un singular arquitecto y detective) así como de ciencia-ficción (a través de otra saga, la protagonizada en esta ocasión por el robot Atorox, que prestó su nombre a uno de los galardones internacionales más importantes del género); así como la actriz alemana Renate Hausewetter, la misionera británica Priscilla Livingstone y la economista también británica Marjorie Grice-Hutchinson, autora de una de las monografías más amplias sobre la historia del Cementerio Inglés de Málaga. Pero quizá las tumbas más estremecedoras son las de los niños que se conservan cubiertas de conchas en el núcleo primitivo del cementerio, con sus dolorosos epitafios sobre la fugacidad del tiempo. Es curioso, sin embargo, el modo en que la muerte, aun en su manifestación más implacable, se percibe aquí más como una cuestión poética y reflexiva que como una condena irremediable.

Aunque durante 175 el cementerio fue gestionado por los cónsules destinados a Málaga, en 1904 el Gobierno británico retiró su financiación. Desde entonces, el recinto sobrevive gracias a las aportaciones de las familias y a las donaciones. El Ayuntamiento invirtió 15.000 euros in extremis en 2011 para evitar su cierre. Pero qué ciudad se permitiría perder tal testimonio de sí misma.

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