Pero ¿dónde diantre estaba Málaga?

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Auditorio de la Diputación. Fecha: 24 de febrero. Dirección: José María Pou. Texto: Juan Carlos Rubio, a partir de fragmentos de Antonio Gala, Enrique Jardiel Poncela, José Zorrilla, Rudyard Kipling y Marsha Norman, entre otros. Dirección musical: Xavier Mestres, a partir de temas de Augusto Algueró, Stephen Sondheim y Jerry Herman, entre otros. Reparto: Concha Velasco. Músicos: Xavier Mestres, Tomás Alcaide, Roger Conesa y Xavi Sánchez . Aforo: Unas 250 personas (media entrada).

Hay ocasiones en que Málaga se hace cuesta arriba, y anoche fue una de ellas. Después de cinco meses de éxito continuo y llenos absolutos en Barcelona llegó a la capital de la Costa del Sol Concha. Yo lo que quiero es bailar, un montaje único, probablemente el mejor espectáculo que puede verse en España actualmente junto al Follies de Mario Gas recién estrenado en Madrid, una verdadera celebración del arte, de la música, con el privilegio que supone tener a una pieza clave de la escena y el cine español del último medio siglo a completa disposición de su público, en carne viva, pletórica, estupenda, poderosa, tierna, una mujer entera y virtuosa de la que enamorarse una y mil veces. ¿Y cómo respondió Málaga? Con algo más de 200 personas en un auditorio desangelado en el que el ruido de la ventilación se sentía más que el calor del público. Lo más vergonzoso de todo esto es, sin embargo, ponerse a buscar explicaciones: que si la crisis aprieta y las entradas costaban unos 30 euros (¿pero en realidad tan pocos pueden permitirse un capricho tan barato en relación con el espectáculo que se está ofreciendo?), que el Auditorio de la Diputación no está en el centro (¿es que los barrios no cuentan?), que no se le ha dado suficiente publicidad (¿es que no se vende por sí sola una velada con Concha Velasco desnuda durante dos horas?). Entonces uno concluye que Málaga no tiene ni más ni menos que lo que se merece. Ayer tuvo una oportunidad de lujo para sacudirse sus complejos de siempre y la tiró por la borda. Bravo.

Afortunadamente, a la noche le quedó otro sabor: el de la generosidad de una artista que aprovechó el magnífico traje que le ha hecho José María Pou (no recuerdo una encarnación tan brillante del formato one man show anglosajón, en este caso woman, a las hechuras hispanas, y precisamente a través de uno de sus iconos más reconocibles) para pegarse dos horas del tirón sobre el escenario cantando, bailando, confesándose, haciendo del teatro un milagro vivo y latente, acompañada por cuatro músicos de impresionante ejecución del oficio (y que atesoran la escuela del mejor show businessmade in Barcelona: brutales) y haciendo lo suyo con nervios de estreno como si hubiese estado delante de cientos de miles. Mientras escribo estas líneas, recién visto el espectáculo, aseguro que daría un brazo para volver a escucharla cantar ahora mismo Nothing de A chorus line, pero también pronunciar el discurso que llevaba preparado la noche que no le dieron el Goya por Más allá del jardín. Todo es distinguido, amable y auténtico, desde la impresionante iluminación que parecía multiplicar ayer las dimensiones del auditorio hasta las confesiones entrañables y emocionantes. No importa lo que Concha Velasco se calle: importa escucharla mientras recita el bellísimo poema de Jardiel Poncela sobre el teatro, porque ahí se callan los listos de siempre. La que enseña lo que lleva en el bolso y explica en qué consiste el método staniswhisky, vestida con la sencillez de quien tiene poco que demostrar, es la misma: la Concha a la que amamos. Y a la que agradecemos, tanto, que exista.

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