"Lo difícil es adquirir la mirada precisa para llegar al fondo: eso es la poesía"

  • El autor de 'Finalmusik' inaugura hoy a las 21:00 el nuevo ciclo de encuentros en torno a la poesía del Museo Picasso en una velada en la que dará cuenta de su último y muy esperado libro de poemas, 'Mi vida social'

Cuando apareció el último libro de poemas de Justo Navarro (Granada, 1953), Mi vida social (Pretextos), la crítica se apresuró a saludar con urgencia el muy esperado tercer libro de versos del autor, el segundo desde Un aviador prevé su muerte (1986). Mientras tanto, Navarro ha regalado novelas espléndidas como Accidentes íntimos (Premio Herralde en 1990), El alma del controlador aéreo (2000) y Finalmusik (2007). Sin embargo, este escritor de rarísima lucidez, suprema originalidad y soberbia timidez resta importancia a las fronteras literarias desde su casa de Nerja mientras dura la conversación telefónica. Y lo hace con la autoridad de quien ha dado algunas de las mejores páginas de la literatura española contemporánea.

-Sé que esta pregunta es una tontería, pero ¿por qué un nuevo libro de poesía ahora?

-No sé, no puedo responder a esa pregunta. Los otros dos libros de poesía surgieron cuando surgieron, y con éste ha ocurrido lo mismo. Imagino que influyó el hecho de que decidiera publicarlos durante una estancia de seis meses el año pasado en Pisa. La distancia debió ser determinante.

-Un aviador prevé su muerte se publicó en 1986. ¿Es Mi vida social un reflejo fiel de toda la poesía que ha escrito desde entonces?

-Los poemas más antiguos del libro fueron escritos en los años 90, pero en realidad son sólo tres o cuatro. El resto los escribí entre 2008 y 2009. Decidí tomar como base los diarios que escribí durante esos años, en los que anotaba prácticamente de todo: cosas que me contaban, impresiones de una canción, notas sobre algunos best sellers o sobre las novelas que leía para mis críticas. Estos diarios han sido el camino para llegar al poema.

-¿Y ha seguido siempre ese mecanismo a la hora de escribir poesía?

-No, no siempre. El material del que he partido para escribir todos mis poemas, en cada caso, ha sido la tradición métrica de la poesía castellana. La he tenido presente a la hora de perfilar cada verso, porque esa tradición no sólo te permite escribir exactamente lo que quieres, sino incluso llegar a escribir aquello que no tenías previsto.

-En Mi vida social, de hecho, se respiran ecos quevedianos. Pero ¿a quién daría la razón hoy, a los conceptistas o los culteranistas?

-No sé. Es curioso porque, a pesar de que me he mantenido fiel a esa tradición, mientras escribía los poemas de Mi vida social leía sobre todo a Beckett, Brecht y Dickinson, que desde luego no tienen mucho que ver con la métrica castellana. Lo que ocurre es que, independientemente de mis lecturas, siempre he tenido esa música metida en la cabeza. También he tenido muy presente todo el mundo de la literatura de consumo, la poesía popular y las canciones.

-A menudo he leído declaraciones suyas sobre su admiración por Beckett y su predilección por Molloy. ¿En qué medida esa afinidad se traduce en su obra, teniendo en cuenta la depuración tan radical que planteó Beckett para la literatura, llegando incluso a desvincularla del idioma?

-Yo creo que no hay sólo un Samuel Beckett, sino varios. El Beckett de Molloy, que efectivamente es mi novela favorita, tiene que ver mucho con los libros de viajes, con el género policiaco, incluso con cierta literatura de evasión, por mucho que esa evasión acabe en un agujero. Hay un Beckett distinto al escritor del silencio, que es el que ha prevalecido para la posteridad. Yo me acerco más a él.

-Enrique Vila-Matas recogía esta cita suya en su Dietario voluble: "Escribir es traducirse a uno mismo". Usted, que también es traductor, ¿a quién traduce cuando escribe?

-Esa frase puede aplicarse a la escritura, pero también al habla. Casi siempre hay diferencias entre lo que uno pretendía decir y lo que finalmente termina diciendo, y a veces esas diferencias son notables. Creo que, trasladando el asunto a la literatura, el escritor debe ser consciente de esta circunstancia, debe tener muy presente la distancia que existe entre él y el que se sienta a escribir cada día.

-¿Cómo será el regreso a la novela después de Mi vida social? ¿Hacen falta dotes de equilibrista para volver a la narrativa después de haberse decantado por el verso?

-No, en absoluto. No creo que exista una separación entre la poesía y la novela. De hecho, mientras escribía los poemas de Mi vida social en Pisa también comencé a escribir una novela. No hay que hacer equilibrios porque la voz se adapta siempre a la situación. Y escribiendo se adopta siempre la misma posición frente al mundo. Lo difícil, de todas formas, no es tanto volver a abordar una novela después de haber escrito poesía, sino amoldarse a escribir poéticamente. A adoptar la mirada poética y precisa para llegar al fondo de las cosas, de la realidad. Al fin y al cabo, en eso consiste la poesía.

-Con un nuevo poemario regresan las lecturas poéticas en público, como la que protagoniza hoy en el Museo Picasso con la presentación de Guillermo Busutil. ¿Cómo se enfrenta a este tipo de actos?

-La verdad, no muy bien. Me cuesta trabajo participar en encuentros públicos. La idea de presentarme delante de gente a la que no conozco me llena de angustia. Sí, creo que angustia es la palabra adecuada. Luego, resulta que esa gente que ha ido a verte es amable, y que ha ido allí porque te tiene aprecio, o afecto. No suelo participar en muchos actos de este tipo, pero estoy seguro de que el que ha organizado el Museo Picasso saldrá muy bien.

-¿Qué previsión tiene sobre la publicación de su próxima novela?

-Aún la estoy terminando. Como comencé a escribirla en Pisa, tiene algunas conexiones con Finalmusik, que está ambientada en Roma. De hecho, el protagonista de Finalmusik aparece al final. Él es la voz, el narrador. El traductor.

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