Una documentación del tránsito hacia lo digital

MÁQUINAS de mirar, el proyecto expositivo de Juan Carlos Robles (Sevilla, 1962), es un festín audiovisual que no escatima en formatos que documentan sus intervenciones urbanas, especialmente centradas en los espacios transitorios. Transeúntes, peatones, individuos que se desplazan, se comunican e incomunican, constituyen gran parte del material de un artista con mochila a sus espaldas: su obra ha podido verse en centros de arte como el Reina Sofía o el MACBA barcelonés. La sala de la Facultad de Bellas Artes (Plaza de El Ejido, s/n) exterioriza los sonidos de una muestra que sume en un paisaje abrumador de pantallas: desde el -casi escondido, y tímido- díptico de cajas de luz y duratrans de Afuera (2005), a lo que podría ser un screen-test warholiano de Mercedes García Robles (1893-1998), pieza que forma parte del trabajo realizado por el autor a finales de los noventa. A partir de ahí, sintonizar con obras como Videoclub (2004) resulta de una naturalidad aplastante: la que exhiben los egiptanos de la intervención, con gustos cinematográficos que mezclan -prejuicios fuera- a Jackie Chan y El Torete. Para cuando se acomete la inmersión aislada en el ascensor de Geometría de tránsito, la traducción audiovisual de Tránsito -proyecto realizado entre 1996 y 1998- queda claro que el distanciamiento físico ya estaba allí. Las escaleras mecánicas y subyugantes de Broken Down (2001) vienen a confirmar cierta resignación contemporánea al aislamiento, mientras que la mecanicidad imparable en Escalator (2000) deforma a los viandantes inconexos. Robles revisita lugares que son y siguen siendo tradicionalmente de paso (como gasolineras o estaciones), perennes en sus funcionalidades, cambiantes en su apariencia (Mutaciones, 1994-2013). El metro se erige momentáneamente en paradigma de transitoriedad, en un cruce de caminos cotidianos y solitarios que rara vez cuenta con segunda parte. Eso sí, siempre nos quedará lo virtual.

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