musicoterapia Una cuestión personal

La dopamina natural

  • El percusionista y Dj malagueño Torcuato García, enfermo de Parkinson, ha desarrollado un método que asocia músicas determinadas a los síntomas de su dolencia para su atenuación

La musicoterapia es algo tan antiguo como la misma música. Ya Pitágoras estableció una relación significativa entre el fenómeno tonal que él mismo acuñó y los efectos que cada una de las distancias tonales estimulaban en el organismo, y advirtió de que esos efectos podían ser inducidos interesadamente a través de la música. Pero mucho antes, los primeros usos musicales conocidos (flautas fabricadas con tibias humanas hace 100.000 años en lo que actualmente es Iraq) se dieron en un contexto no sólo religioso y animista, también de sanación. Griegos y etruscos representaron a sus divinidades atendidas por instrumentistas que garantizaban su bienestar con el sonido del aulós y la lira, y en muchos casos (Hermes y su tortuga, traspasada luego a Apolo en un desafortunado trueque) los mismos dioses mediterráneos pasaban a la acción y ejercían de músicos con la intención de influir en el ánimo de los hombres, los héroes y otros dioses. En las culturas precolombinas, los cantores adquirían el rango de chamanes. Durante la Edad Media, el desarrollo de la notación musical se tradujo en la consolidación de estos argumentos: a cada tonalidad le fue asignado un estado del alma, de la alegría a la melancolía, en una correlación comprendida en un sentido práctico. Lo mismo ocurría con la calidad de los compases rítmicos. En el Renacimiento, la musicoterapia adquirió en Europa el rasgo de disciplina científica, especialmente a raíz de la incorporación de sabidurías orientales tras la caída de Constantinopla y el éxodo bizantino. En los siglos posteriores, un músico ilustrado de la talla de Johann Sebastian Bach estudió en profundidad todo este legado y compuso buena parte de sus obras con una intención dirigida mucho más allá de lo estético hasta abrazar lo anímico. Pero la Ilustración, precisamente, relegó toda esta tradición a la consideración de mera superstición. A partir de la segunda mitad del siglo XX, la recuperación de algunas medicinas antiguas en clave alternativa, como la homeopatía, abrió las puertas a una reconsideración del empleo de la musicoterapia en enfermedades nerviosas, pero la incidencia, todavía, es anecdótica. Por más que algunos casos concretos, como el que aquí nos ocupa, demuestren que no todo está dicho.

Lo más habitual es encontrar a Torcuato García en la calle embutido en sus auriculares. Hace algún tiempo se hizo con unos pequeños amplificadores que se adaptan a su móvil y a su Ipod, así que también es normal topárselo animando algún barrio, preferentemente El Palo, donde reside desde niño, a su paso. Torcuato es un melómano de libro, adicto sin reservas: su vida, en gran medida, es la música. Pero el hecho de que vaya por ahí con una colección de canciones siempre a mano tiene un matiz especial en su caso. Torcuato es músico y maestro en educación musical. Como batería y percusionista ha trabajado con músicos de jazz como Ernesto Aurignac y con grupos como Caradefuego, aunque sus inicios se inscriben en el hip-hop y en la world music (llegó a montar un combo llamado Málagafricana). Entre los materiales que emplea en clase no faltan la mesa de mezclas, la batería, las congas y el cajón flamenco. En los últimos años ha estado más volcado en otra de sus pasiones, la de Dj, con sesiones en Málaga y Almería y algunos hitos como la clausura del Festival Etnosur en Alcalá la Real hace un par de veranos. Últimamente, no obstante, se ha visto obligado a seleccionar muy bien las ocasiones en las que pinchar. La calma se ha convertido en su mejor aliado.

Torcuato, que cumplirá 40 años el próximo Día de Navidad, recibió hace algo más de un lustro un diagnóstico de ésos que dejan clavado en una silla: Parkinson. Su vida, claro, cambió de un día para otro. "Lo primero que hay que comprender es que tienes que hacerte amigo de la enfermedad. Te acuestas con ella y te levantas con ella, así que tienes que llevarte bien con ella". Su tiempo y sus costumbres se organizaron en torno a unas circunstancias implacables: la alimentación, así como los periodos de actividad y descanso, responden desde entonces a la aparición de los síntomas que por un lado acarrea la enfermedad (esencialmente, lo que Torcuato llama "agarrotamiento de miembros") y los que, por otro, excita la medicación (en su mayor medida discinesias que también afectan a los miembros y que facilitan su movimiento, y que también pueden convertirse en un problema si no se controlan). Como todo enfermo de Parkinson, Torcuato estableció un plan de vida severo a partir de los síntomas: éstos se repiten siempre, de igual modo, a la misma hora del día, y se tratan con medicación y unos hábitos concretos que debe respetar escrupulosamente. Pero todo cambió cuando Torcuato descubrió que la música que escuchaba a todas horas tenía efectos precisos y contrastados en esos síntomas.

"Ésto no es un milagro ni nada parecido", advierte. "La música funciona únicamente como una especie de dopamina natural. Sin la música, lo único que puedo hacer cuando me asaltan los síntomas es sentarme y esperar a que la medicación actúe. La espera puede durar hasta una hora. Pero la música ayuda a que sus efectos se anticipen y a que pueda reaccionar en una situación adversa". Y añade: "Todos los enfermos de Parkinson viven su vida en dos fases, una fase on y otra off. Las dos se dan siempre a las mismas horas del día. En mi caso, he descubierto que una determinada música, no cualquiera, y durante un tiempo determinado, ni más ni menos, facilita la transición de off a on, la hace más breve".

Tras este hallazgo, Torcuato ejerció de musicólogo y, empleándose a sí mismo como feliz conejillo de indias, emprendió una búsqueda de canciones y músicas asociadas a los síntomas de la enfermedad y a los estados de ánimo hasta hacerse con una verdadera base de datos. Muchas de estas músicas responden a sus gustos personales (sobre todo funk, jazz, soul y hip-hop), si bien admite que "algunas de las canciones que me sirven para llegar a la fase on y frenar los agarrotamientos y las discinesias no las conocía antes. Otras ni siquiera me gustan, pero funcionan". Torcuato lleva siempre encima este material en su Ipod, pero no distribuye las canciones según los estilos, como todo el mundo, sino según los efectos que necesita imprimir en su organismo a cada hora del día: "Tengo tres grupos de canciones: Relax, Medio tiempo y Ponte las pilas. Se corresponden con las fases de la jornada. Por ejemplo, por la mañana es normal que, si me pongo a pensar en todo lo que tengo que hacer, se me agarrote la pierna derecha. Entonces escucho las canciones seleccionadas en Relax de Françoise Hardy y Oleta Adams, y el agarrotamiento se atenúa. Si se me agarrota la pierna en la ducha, siempre puedo cantar. Después, tal vez necesite algo más de actividad para echar andar. Entonces escucho algo de hip-hop suave, de EPMD o de Digital Underground, y me sirve. Eso es el Medio tiempo. El modo Ponte las pilas me es útil cuando voy por la calle. Por ejemplo, si veo que el autobús está en la parada, que no llego y que tengo agarrotada una pierna, escucho en los auriculares algo de swing clásico, como la banda sonora de la película Kansas City, y siento que la pierna me responde y puedo llegar al autobús. Sin eso, no tendría más remedio que sentarme y esperar a que actúe la medicación".

Convencido de las posibilidades de la musicoterapia, Torcuato trabaja en el desarrollo de un método completo que espera publicar y divulgar pronto. De hecho, cada música no va sólo asociada a síntomas y efectos, también a ejercicios, alimentos y otros hábitos. Preguntado por lo que dicen sus neurólogos sobre el asunto, Torcuato responde: "Los neurólogos prefieren las medicinas. Pero en España ya se están creando grupos de investigación sobre música y Parkinson. El futuro es esto". Y tanto.

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