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Las dosis y las corazonadas

  • Siruela reúne en un volumen los cuentos de Dostoievski, en un mosaico literario que abarca más de 30 años de creación hasta la escritura de 'Los hermanos Karamazov'

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Como Tolstoi, Fiodor M. Dostoievski (Moscú, 1821 - San Petersburgo, 1881) revela con especial claridad su singular anima literaria en sus cuentos. Es en la brevedad donde el ruso dejó impresas sus obsesiones con mayor precisión y rotundidad y, quizá por ser el que más practicó, el cuento encierra la genialidad más perfeccionista del ruso. El abismo que se abre en Los demonios tiene su origen en relatos donde la capacidad de asomarse al corazón humano se resuelve, si cabe, con mayor maestría. Existen, además, diversos Dostoievskis congregados en la liturgia del cuento, múltiples más allá de la fiereza conocida en Crimen y castigo o el desconsuelo de Noches blancas. Para gozo de quienes creían haber leído todo lo que había que leer del jugador y como definitivo gancho de quienes tenían pendiente acercarse a sus misterios, Siruela acaba de reunir en un volumen una ambiciosa recopilación de sus cuentos, en un amplio margen de creación literaria que abarca desde 1845 hasta 1877, año en que empezó a escribir Los hermanos Karamazov. La edición de Bela Martinova (responsable igualmente de la traducción y el prólogo) permite así conocer con lujo de detalles los interrogantes más recónditos de la escritura de Dostoievski en paralelo con su atormentada biografía, merced a una completa cronología.

El lector familiarizado con su obra encontrará en estos cuentos sus motivos más recurridos, administrados en pequeñas dosis pero inequívocamente disertados, como en una exposición del corazón humano visto desde diversos ángulos. Aparecen así las narraciones moralizantes embriagadas de ternura redentora, como El sueño de un hombre ridículo (quizá su cuento más perfecto) y El ladrón honrado, suerte de radiografía del carácter ruso no exento de utopía; la temprana afiliación de Dostoievski a la sátira en La mujer ajena y el marido debajo de la cama, El cocodrilo y Bobok, en el que los muertos rememoran sus vidas terrenas durante una partida de cartas presidida por el delirante general Pervoiédov (cuyo nombre, según explica con acierto Martinova en el prólogo, vendría a significar comer primero y a la vez marchar en primer lugar); los estafadores hacen acto de presencia en la Novela en nueve cartas y el avaro, personaje clave en la producción del autor, se encarna en El señor Projarchin; Polzunkov remite precisamente a El jugador y El campesino Maréi reúne, a modo de confesión, las rocas que sustentan la inspiración cristiana del escritor, a partir de un ansia de trascendencia mezclada con el humano miedo a la muerte.

Los cuentos hilan, en este sentido, la evolución filosófica de Dostoievski como reflejo y constancia de su propia trayectoria vital: tras la ligereza e hilaridad, si se quiere, de sus primeros escritos, el otro va ganando terreno a la vez que el escritor enferma de epilepsia o es condenado a trabajos forzados por sus ideas socialistas. El preludio al existencialismo cristiano cuyo problema había quedado figurado en Stavrogin, el nihilista criminal de Los demonios, se desarrolla a medida que el autor comprende la imposibilidad de la paz íntima, a pesar del descanso que supuso su segundo matrimonio con Anna Grigórievna. Pero más que una iluminación de los enigmas o una erudición desde la posición de la Historia, el cristianismo es para Dostoievski una toma de postura y acción con respecto a los más débiles: el ruso asume como deber propio "rehabilitar al individuo destruido, aplastado por el injusto yugo de las circunstancias, del estancamiento secular y de los prejuicios sociales». Son precisamente los indefensos, los perdedores, los atlantes de su tiempo (personificados especialmente en los niños, protagonistas de muchos de los cuentos) quienes hacen posible la literatura de Dostoievski. A pesar del dolor.

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