Ser o no ser, mientras dure el día

Teatro Cervantes. Fecha: 2 de octubre. Texto: Samuel Benchetrit. Adaptación: Fernando Masllorens y Federico González del Pino. Dirección: Óscar Martínez. Reparto: Héctor Alterio, José Sacristán, Nicolás Vega y Ángela Villar. Aforo: Más de mil personas (casi lleno).

Feliz arranque de la temporada escénica malagueña con un ejemplo de lo que debería ser el teatro de repertorio. Y creo que digo lo que quiero decir. Ayer disfruté de lo lindo cuando, al terminar la obra, el público que llenaba el Cervantes se puso en pie y arrancó a aplaudir. Pero, al mismo tiempo, pensé en cuántas obras de la misma contemporaneidad y complejidad he visto con la compañía de no más de cincuenta personas. Cierto que Sacristán y Alterio tienen mucho tirón, y muy merecido. Pero salí ayer del teatro echando de menos cierta capacidad telepática que me permitiera comprobar cuántos de los entusiasmados espectadores habían percibido la multitud de guiños, recovecos y escondrijos que se ocultan en el seno de Dos menos, la obra de Benchetrit, el autor de las celebradas Crónicas de asfalto. De cualquier forma, no importa: todo el mundo tiene derecho a ir al teatro a pasarlo bien. Cada apelación a la risa va en esta obra nada complaciente cargada de cuchillos, pero la sola superficie, me imagino, bien vale el precio de la entrada. A poco que se escarbe, Dos menos trata sobre la vida en una perspectiva abierta frente a la muerte. O en la posibilidad de vivir con una absoluta conciencia de finitud, es decir, la primera tragedia filosófica, bien desde una libre asunción del punto y final o bien desde la entrada en juego de la voluntad mediante el suicidio, única posibilidad al respecto ya que nadie puede elegir vivir cuando toca morir. Hay un registro de comedia propio del teatro más afortunado del último siglo, el que aligera el tono para lograr el efecto presumiblemente contrario: una mayor expresión del contenido trágico. Dos personajes que beben tanto de El Quijote como del mejor cine de David Lynch, heridos en la inmediatez de su muerte, salen al mundo. Lo hacen al principio como meros testigos pero terminan comprendiendo que, mientras vivan, seguirán formando parte del mismo. La abstracción es imposible. La cuestión es ser o no ser, como cantó el bardo, pero lo es con todas sus consecuencias. Y la referencia explícita a Tío Vania no es, en absoluto, un asunto menor, ya que la manera en que Benchetrit traza las individualidades compactas de sus protagonistas a partir de vínculos emocionales sutiles, apenas sugeridos pero determinantes, remite sin duda a Chejov.

En cuanto a la puesta en escena, destaca, como no podía ser de otra forma, el trabajo del reparto. El grandísimo actor que es José Sacristán da una lección enorme de técnica disminuida a ojos del espectador para que éste perciba como verdadera la autenticidad del personaje. Demuestra una sabiduría soberbia respecto al oficio (posición, dicción, gesto) pero la esconde para que no estorbe lo más mínimo (cuántos deberían aprender de su manual, Señor). Alterio vuelve a hacer fácil lo más difícil, combina los registros más delicados con una sencillez aplastante y busca la complicidad del espectador en su grado preciso: su generosidad no consiste en dar gratuitamente, sino en seducir para que la atención quede garantizada en la acción siguiente. El resto del reparto completa con solvencia el elemento humano. Sólo desmerece la escenografía: los paneles no hacen más que estorbar, habría resultado más interesante un escenario desnudo con un mínimo atrezzo y una iluminación más homogénea. Y bravo, por último, a los intérpretes del lenguaje de signos. Ojalá que se les pueda ver muchas más veces.

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