Crítica Danza

En las edades del mito

las moiras

Teatro Romano de Málaga. Fecha: 12 de julio. Compañía: Entredos Ballet Español. Dirección y dramaturgia: Juan Manuel Casero. Intérpretes: Elena Algado y Miguel Ángel Corbacho. Música: Enric Palomar. Aforo: Unas 300 personas (casi lleno).

Por su carácter universal, su inmediatez discursiva y su claridad significativa, el de las Moiras, convenientemente rebautizadas por los latinos como las Parcas, es un mito de inquebrantable alcance poético cuya resonancia, apenas alguien conserve la mínima sensibilidad al respecto, se mantiene álgida aún en nuestros días. Por más que la noción del individuo como biografía sea un invento (no exento de impostura) propio de la Modernidad, el discurrir de las hilanderas constituye la primera exposición de la existencia como relato, lo que justifica la fascinación que las tres mujeres han ido despertando a lo largo de los siglos. Pero quizá lo que mejor define la pervivencia del mito es su deriva fatalista: si bien en los orígenes remotos del propio mito las Moiras eran herederas del ciertos antiguos espíritus benefactores que asistían a los recién nacidos en el parto como garantes de su vida futura (un símbolo animista que comparten todas las civilizaciones del planeta y que pudo tener su particular cristianización en la figura del ángel de la guarda), su representación posterior, especialmente tras la intervención de Hesíodo, se hizo notablemente más lúgubre con la prefiguración de las dueñas de los hilos, cuya voluntad se imponía a la hora de cortarlos. La concepción determinista del hombre, que en realidad nunca ha dejado de estar de moda por más que los apóstoles de la postmodernidad pretendieran lo contrario, encontró así su mejor carta de presentación para la mejor posteridad del mito. Precisamente, el mayor valor de Las Moiras, el montaje de Entredos Ballet Español presentado el martes en el Teatro Romano, es la representación de esta transición, desde el carácter protector del mito hasta su impronta funesta. En fondo y forma, el espectáculo reviste no pocos hallazgos considerablemente felices, en cuanto a exigencia y ambición, que lo hacen digno de la mayor estima.

Los bailarines Miguel Ángel Corbacho y Elena Algado, guiados por la sabia dramaturgia de Juan Manuel Casero, llevan de hecho el mito a la convención de la biografía pero desde su acepción más clásica: la de las edades del hombre, formulada en el enigma que la Esfinge sembró en Edipo. En Miguel Ángel Corbacho quedan atrapados los distintos segmentos del discurrir de los años (trasunto, cierto, del río de Heráclito: en cada etapa el personaje es uno y a la vez es distinto) mientras que Elena Algado encarna con singular eficacia a las Parcas en su quehacer vital, tanto en la ternura fecunda de la infancia como en la sombría manifestación del final, rematada, acertadamente, con un hermoso alegato cíclico. Las coreografías, comulgantes con los hilos que conforman la resultona geometría de la escena (otro guiño a los paradigmas clásicos), juegan a favor del público en su provisión de significados, merced a una depuración que cristaliza en una limpieza proverbial de los recursos, con un equilibro sensato entre el suelo y el aire y un evocador protagonismo del vestuario en el movimiento. La ejecución, precisa, ahorra florituras y atajos y dice lo que tiene que decir sin escatimar un ápice del furor poético y sin exhibiciones innecesarias. Los intérpretes se sobrepusieron el martes a algunos problemas técnicos y a la frialdad del espacio de la única manera posible: con mucho oficio. Y salieron indemnes.

La música de Enric Palomar, portentosa en su fluir entre los motivos stravinskianos y el flamenco, se constituye en la mejor plataforma posible para que las Moiras acontezcan, atonal e irregular cuando corresponde y particularmente conmovedora en los matices. Pero es en los silencios (también por obra y gracia de la música) donde el espectáculo alcanza su cima. Más aún, hacía mucho tiempo que un silencio en escena no resultaba tan gratificante ni tan cargado de intenciones, al menos a este espectador. Las Moiras es, en fin, una propuesta de altura. Larga vida.

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