La educación por los suelos

Drama social, Reino Unido-Francia-Italia, 2010, 120 min. Dirección y guión: Peter Mullan. Fotografía: Roman Osin. Música: Craig Armstrong. Intérpretes: Conor McCarron, Steven Robertson, Martin Bell, Marcus Nash, Peter Mullan. Cine: Alameda.

Con su tercera película como director (después de Orphans y la más conocida Las hermanas de la Magdalena), el actor escocés Peter Mullan sigue firme en su empeño de emparentar con la tradición del realismo social británico en la estela de su maestro Ken Loach (ya nos gustaría que se hubiera fijado más en su compatriota escocés Bill Douglas o en el tono lírico de Terence Davies) y en una escuela que sigue teniendo discípulos que garantizan continuidad como Shane Meadows (This is England) o Andrea Arnold (Fish Tank).

Concha de Oro en San Sebastián, Neds traza un recorrido de ida y vuelta algo previsible en su retrato feroz y descarnado del ascenso y caída de un hijo del proletariado (convincente el debutante y premiado Conor McCarron) tras su contacto con las pandillas violentas de los suburbios. Y es que aquí no faltan la familia rota, el padre alcohólico, el hermano delincuente, la madre abnegada y, como en Las hermanas de la Magdalena, un sistema educativo represor que no facilita precisamente la integración y el progreso de aquellos con aptitudes, como es el caso de nuestro protagonista.

El férreo determinismo de Neds se apuntala desde la escritura y un tratamiento de la imagen y la puesta en escena que incide en asociar el realismo a las texturas rugosas y crudas. Si en el debe de la cinta hemos de anotar el buen trabajo de un elenco de intérpretes no profesionales que confieren a la cinta un innegable aire de autenticidad local (el habla y el acento hacen el resto), no es menos cierto que Mullan tiende a estirar su materia narrativa con el propósito de subrayar lo evidente y cargar las tintas sensacionalistas sobre los impulsivos actos violentos de un personaje tan ambiguo como desconcertante. Un par de apuntes surrealistas y líricos añadidos pudieran parecer buenos intentos de trascender la limitación de las formas, aunque a la postre no dejan de rozar el ridículo en su literalidad simbólica.

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