Crítica de Cine

Los ejércitos de uno

Eugenia Chaverri, en el filme. Eugenia Chaverri, en el filme.

Eugenia Chaverri, en el filme. / m. h.

Violeta inicia su historia en la piscina. Avanza lentamente, bracea. Le conlleva un esfuerzo significativo, pero de la misma forma, podemos observar que disfruta. Pronto descubriremos que la natación es una de las primeras libertades que ha decidido tomarse en esta etapa de su vida que, como le confiesa a su nieto, espera que dure mucho más: "nada de cien años, mínimo ciento veinte".

Violeta al fines una película sobre la dignidad. Dicho así puede sonar pretencioso, pero el error sería en todo caso del que escribe: nada más lejos de la presunción que esta cinta de la costarricense Hilda Hidalgo. Violeta es un personaje cercano y reconocible, moderado pero no tibio, finamente encarnado por Eugenia Chavarri, en el cual se aunan todas las aspiraciones y miedos de las personas que, como diría Pablo Bujalance, constituyen "ejércitos de uno". Personas que son toma de conciencia y punto de gallardía, a las que no siempre se valora debidamente salvo para, tiempo después, servirnos de su ejemplo.

Violeta tiene más ilusiones que la de nadar pero pronto se verán amenazadas por la ambición; una ambición de la que no sabe nada y de la que, cuando sabe, no le interesa. Cierra entonces la persiana, abandona el jardín por unos días. "Tengo miedo de que tengan razón y los viejos no sirvamos para nada", ofrece como única respuesta al hachazo a sus planes. No tardará en sobreponerse.

En Violeta al fin hay especulación inmobiliaria, miedo al qué dirán, hipocresía. La acción transcurre en Costa Rica, mientras en España se inicia el debate sobre personas mayores que subarriendan habitaciones o directamente venden su casa para costear una residencia. "En lo local está lo global", decía Josep Plá. "Me tenéis cansada", añade Violeta.

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