La elegancia inspira al mejor cante

Un ángel se posó el lunes noche en el Teatro Villamarta. Lucía mantón blanco en forma de alas y aunque vestía de negro tenía el corazón limpio y la sonrisa más sincera del baile flamenco. Invitó a un pasodoble al cantaor Miguel Poveda y ambos hicieron una pareja de arte.

La bailaora sevillana Isabel Bayón se presentó de nuevo en Jerez, esta vez, acompañada por un cantaor de talla única y especial y un atrás de lujo. No fue casual, por tanto, que su figura siempre sensual y elegante quedara solapada por momentos por una de las mejores voces del territorio flamenco en la actualidad.

Frente al baile más temperamental, la sevillana propone un baile encantador, dulce y alegre, de inspiración, desde la sencillez en la puesta en escena y sin más argumento que el buen gusto.

Dos palmeros, un percusionista, un guitarrista, un cantaor y una bailaora explicaron a las mil maravillas por qué la esencia mejor en tarros pequeños. La artista, siempre sonriente, la cabeza bien colocada y sacando todo el jugo a la sensualidad femenina, no abandonó las tablas en momento alguno, ni para cambiarse, y demostró que nadie se mueve con más finura sobre el escenario del Villamarta, con recortes de lujo, dominio de la técnica y un don para conquistar al público.

El de Badalona, inmenso, inabarcable, captó la atención de mil pares de ojos y mil corazones con cada uno de los tercios que proyectó con gran emoción y conocimiento de causa: por soleá, alegrías, en la milonga, sentado, de pie, alante y atrás, Poveda demostró ser, al tiempo que un artista como la copa de un pino, un gran aficionado. A gran altura también brilló Jesús Torres con su virtuosa guitarra, que supo darle vida propia a cada una de las variantes que interpretó con sabiduría y mucho sentimiento. Su música, bien arropada con la percusión, fue sin duda excepcional tanto en los momentos más íntimos y recogidos como en las transiciones y en el solo de la taranta. La conjunción y el trabajo en equipo quedó patente cuando por alegrías pararon en seco -como si de una grabación se tratara- para intercalar el eco primitivo de Agujetas permaneciendo inmóviles. Colosal, como cuando uno a uno abandonaron la escena hasta dejar a Poveda a solas con su cante a fuego lento.

La puerta abierta no trata de mostrar nada más en lo argumental que la habitación donde el artista crea en total libertad y sin complejos. Los desgarradores martinetes de La Piriñaca y Agujetas invitan al patio de butacas a contemplar lo nunca visto en el inicio y se repiten al final. Aunque nada más aparecer la coqueta bailaora junto a Miguel Poveda en acción, el personal se olvida de todo lo que no tenga que ver con el baile y el cante. Él, en el proscenio; ella, un paso por detrás. Posiciones que combinaron con sutileza y equilibrio hasta que la sensualidad y el cante grande se fundieron en el pasodoble.

Por soleares, Poveda demostró que iba en serio. En la milonga, conmovió, y a ella no le favoreció el color negro de los guantes -este color dominó toda la escena, no se sabe por qué- para lucir los movimientos de sus arrebatadoras muñecas, como se vería más tarde. En las alegrías, el cantaor subrayó con su voz las curvas de la bailaora. Ella puso la bata de cola palabra de honor donde puso el ojo, y los dos metieron al público en el escenario. Ya con el público entregado, a punto de encenderse las luces, llegaron las bulerías más hermosas y elegantes una vez más. Por más que la jalearan en un momento dado, Isabel no descompone su figura jamás, aunque pueda chocar que esboce la sonrisa hasta cuando el martinete está presente.

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