"En los escritores se da siempre algo parecido a la locura transitoria"

  • El autor mexicano recupera en 'Días de ira', volumen editado por Páginas de Espuma, tres historias de amor y obsesión en las que reflexiona sobre la "lucidez extrema" como una forma potencial de demencia

La muerte de Iván Ilich, El retrato de Dorian Gray, Bartleby el escribiente y Muerte en Venecia son algunas de las obras maestras que Jorge Volpi enumera en el prólogo de su nuevo libro para expresar su desconcierto ante la falta de una palabra que designe el género de todas ellas. Ni novela corta ni cuento largo valen. Sería grosero, dice, "definir una cosa a partir de sus defectos". El escritor mexicano, una de las voces más respetadas de las letras latinoamericanas desde su aparición a principios de los 90 como miembro del Grupo del Crack, bautizado así por él mismo y sus colegas Ignacio Padilla y Eloy Urroz, publica ahora Días de rabia, una obra con narraciones que se mueven en esa "media distancia" sin nombre propio en la tradición hispana, una "tierra de nadie" entre "la contundencia y la concisión del cuento" y "la profundidad de la novela".

El volumen, editado por Páginas de Espuma, recoge tres textos que al autor de En busca de Klingsor o No será la tierra le gustan especialmente: A pesar del oscuro silencio y Días de ira, que se encuentran "entre lo mejor" que ha escrito a pesar de ser sus dos primeras trabajos (de 1993 y 1994), y El juego del Apocalipsis (2000). "Pertenecen a momentos distintos de mi vida, pero tienen puntos de contacto. Por ejemplo, siempre hay una pareja sacudida por la aparición de un tercer elemento", explica el escritor.

En el primer caso, se trata del poeta, ensayista y químico Jorge Cuesta, una figura real en cuyos herméticos y turbadores escritos se enreda fatalmente el narrador del relato. En el segundo será el amante "diabólico" de una cantante de blues, amiga a su vez de un escritor. Y en el tercero, un extravagante millonario francés que invita a una pareja a participar en un divertimento que arruinará sus vacaciones en la isla griega de Patmos, donde San Juan escribió el Apocalipsis. Tres historias con las que Volpi quiso en su momento "releer" sendos tipos de discursos literarios: el biográfico, el de terror o gótico y el humorístico, respectivamente.

Las conductas obsesivas y la oscura sombra de la locura son otros dos puntos de contacto que dan unidad al libro. Su interés por esta última cuestión tiene mucha relación con la fascinación que siente el autor por Jorge Cuesta, a cuyo último poema, Canto a un dios mineral, dedicó un ensayo. "Es una figura fantástica, no sólo por su vida trágica", dice sobre el poeta, que antes de suicidarse se emasculó a sí mismo y antes de ello se pasó la vida obsesionado con la alquimia, la anulación del tiempo y el hermafroditismo. Volpi asegura que no pretende embellecer la locura, aunque admite que le interesa "el curioso límite entre la lucidez y la locura". "La lucidez extrema se puede convertir en locura, que es otra forma de ver el mundo, simplemente distinta, y a veces más intensa. En los escritores de ficción siempre hay algo que se parece a la locura: pasan muchas horas al día conviviendo con personajes imaginarios, lo mismo que un loco. Es una especie de locura transitoria autoinducida... y luego uno vuelve al mundo real".

Con una prosa llena de vetas ensayísticas y varios ensayos escritos con pulso narrativo, Volpi es un apasionado de la ciencia -el próximo octubre publicará en Alfaguara Leer la mente. El cerebro y el arte de la ficción- y diplomático de profesión. Tras pasar una década entre España, Francia, Italia y Estados Unidos, regresó a México hace cuatro años. Se encontró un país distinto al que había dejado. "Recordaba la tranquilidad -afirma-. Pero en los últimos tres años la violencia se ha recrudecido. Tiene que ver con la guerra contra el narcotráfico que ha lanzado el Gobierno. Y mientras siga habiendo demanda de drogas, seguirá habiendo producción y distribución, y más en México, un paso natural hacia Estados Unidos. Para mí es un problema irresoluble; salvo que se legalicen las drogas. Sólo la legalización podrá acabar con este problema. La protección que el Estado quiere brindar al ciudadano termina siendo contraproducente".

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