Una espada para pasar al otro lado

  • 'mosquetero con espada' Mougins, 28 enero 1972. Óleo sobre lienzo. 116 x 89 cm. Donación de Bernard Ruiz-Picasso'Málaga Hoy' presenta a sus lectores, una por una, las 155 obras de Pablo Picasso que componen la importante colección permanente del Museo Picasso Málaga, legado fundamental del artista

LA etapa final de la vida de Pablo Picasso constituye un enigma. Si muchos artistas dedican sus últimos años a dejarse llevar con cierto afán contemplativo y recoger las glorias que su trayectoria haya podido merecer, el malagueño trabajó de manera compulsiva en su madurez hasta cuajar el que puede considerarse el periodo más productivo de su existencia. No sólo la cantidad de cuadros, esculturas y obras de cerámica dan cuenta del estallido de creatividad que le embargó, como si se tratara de un aprendiz ansioso por demostrar su valía; la rapidez con la que realizaba cada pieza significa hoy la evidencia de que el genio universal no quería pasar al otro mundo con algo sin decir, con una obra sin terminar. Esta urgencia se delata en lienzos y barros, donde el trazo es apresurado, grueso, evidente, más arrimado al corazón tormentoso que a la mesura del intelecto. Hay un poso ciertamente conmovedor en estos trabajos: el observante encuentra el testimonio de un hombre que se empeñó en serlo contra su último aliento, que no quiso dar un solo argumento por sentado, que se puso a prueba en cuerpo y en espíritu a una edad en la que a la mayoría le basta con contar los días y los momentos. Precisamente porque entonces Picasso fue muy consciente de su final inmediato, se atrevió a plasmar en el arte sus obsesiones últimas. Incluso entregó sus pasiones a construir con el pincel un camarada, un confidente, alguien que de alguna forma pudiera servirle de puente entre el mundo terrenal y el otro, el misterioso, el que posiblemente se disuelve en la nada. Este personaje es el protagonista del óleo sobre lienzo Mosquetero con espada, conservado hoy en la colección permanente del Museo Picasso Málaga.

En principio, el cuadro, de gran tamaño y que sorprende al visitante con la imponente figura que contiene, es un homenaje (en el sentido que Picasso confería a los homenajes: recreación personal, investigación y crítica de la raíz propia, superación absoluta de todo límite) al Barroco y al Siglo de Oro. El protagonista, estrafalario, con un rostro caricaturesco, aparece entre multitud de guirnaldas, luces y puntos a la manera de abalorios. Su identidad permanece oculta (de hecho, el cuadro se llamó en los años posteriores a la muerte de Picasso con el sencillo título Hombre) bajo el enorme sombrero, la capa, las insignias y todos los adornos, pintados con el mismo trazo grueso pero siempre preciso, siempre pensado, poderosamente capaz de estimular la imaginación de quien mira. La filigrana barroca es en las manos de este anciano de apellido Picasso un juego de niños, un ejercicio de asunción espontánea, así como el espacio que rodea al personaje, con el que éste parece compartir naturaleza y destino. Sus manos pequeñas, su rostro encendido, su mirada penetrante evocan una nobleza antigua. Un alma sin olvido.

En su mano derecha la criatura mantiene su espada. Es un mosquetero, qué duda cabe. Toma el arma por la hoja, no por la empuñadura. No cabe duda: la ofrece. La misma postura del brazo y la mano así lo demuestra. El caballero presenta el arma a quien espera al otro lado del lienzo: el propio artista. Picasso sabe que el fin está cerca y necesita una espada para pasar a ese otro lado. Aunque siempre haya apostado a la libertad, tiene miedo a la muerte. Como el hijo del hombre. Y en un acto de autonomía y compasión sin mesura, decide pintar él mismo al caballero que se la suministra. Alguien que le mira a los ojos sin reservas. Alguien adornado de tal manera que le entrega sin reservas la confianza precisa.

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