Este experimento no funciona

Orgullo de la independencia estatal, los catalanes Standstill presentaron el pasado martes, en el Centro Cultural Provincial, su alabado Vivalaguerra (2006), y la sensación era la de un gran acontecimiento. La sala estaba llena, la banda comenzó tarde y la espera aumentó la curiosidad. Nada más comenzar el concierto las alarmas saltaron: Standstill se toman muy en serio y no es para tanto.

Contundentes e intensos, sobrios e incluso rabiosos, sí, pero planos y poco imaginativos en sus soluciones. Standstill aplica la misma fórmula a todo su repertorio, y así, con las costuras al aire, las canciones no son gran cosa. Esta banda, que se ha convertido en algo así como los Radiohead del hardcore español, han corrido muchos riesgos -el principal su paso a cantar en castellano- pero el uso de las estructuras cambiantes, de ruido a calma y viceversa, no es uno de ellos; tampoco lo es el soltar ruiditos electrónicos vía sampler.

Enric tiene muchas tablas, y la banda mucha pericia, así que Standstill salva cualquier concierto: en su paso por el frío auditorio del Centro Cultural Provincial supieron animar al público a levantarse y lograron aturdir con el volumen. ¿Y todos contentos? Pues no, porque así es fácil -también con las posturas del cantante, de puntillas y con los ojos cerrados-.

En el pasado, esta banda tenía menos presión y más imaginación -los días del saxo a la manera de The Stooges fueron grandes-, pero ahora está todo tan medido, hasta el ruido, que no hay espacio para la emoción. Sí, algunos temas dan el pego, como Yo soy el presidente o 1, 2, 3 sol, pero la unión y alternancia de electricidad y delicadez acústica tiene un límite.

Aún les queda cuerda, y merece estar atento a lo que puedan ofrecer. Standstill aún tiene que dar un gran disco, pero en directo, al menos ayer, Vivalaguerra no lo es; y es una pena, la verdad.

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