Crítica de Teatro

Las falsas apariencias, las palabras precisas

Guillem Gefaell, en 'Himmelweg'. Guillem Gefaell, en 'Himmelweg'.

Guillem Gefaell, en 'Himmelweg'.

Himmelweg (camino del cielo)HHHHH

Festival de Teatro. Teatro Echegaray. Fecha: 13 de enero. Producción: Sala Atrium. Texto: Juan Mayorga. Dirección: Raimon Molins. Reparto: Patricia Mendoza, Raimon Molins y Guillem Gefaell. Entrada: Un centenar de personas.

En Himmelweg, pieza inspirada en el caso real de un campo de concentración nazi que recibió un informe favorable de la Cruz Roja por sus atenciones a los internos, Juan Mayorga escribe sobre muchas cosas: la querencia humana a las apariencias, la conformidad que se cree a sí misma justicia a cuenta de un presunto noble rasgo de comprensión, la posibilidad de la inocencia tras el conocimiento del mal y los límites del lenguaje a la hora de nombrar la realidad son algunas de ellas. Hay también una crítica notable al humanismo utópico que consagró cierta idea de Europa a costa de la vida de los europeos y que logró perdurar, incluso, después de Nuremberg. Pero, ante todo, Himmelweg es una obra de teatro sobre el teatro. O pretende serlo, en la medida en que el teatro urdido en esta historia no nace del pacto entre el espectador y la escena, sino del fingimiento; sin ese pacto el teatro no es tal (lo fingido sólo adquiere rango dramático cuando todos los jugadores aceptan las reglas del juego; el teatro, más que fingir, es jugar), si bien aquí se da una más que interesante reflexión sobre el hecho teatral como mecanismo transformador de la experiencia. Montar Himmelweg implica, por tanto, entrar en el jugoso laberinto del teatro dentro del teatro en un contexto de resonancias múltiples, que obliga a aligerar el peso de la Historia (tarea harto compleja cuando del Holocausto se trata) para la concreción meridiana de esa misma experiencia. Se trata, en fin, de llevar el juego al límite del mismo teatro, con las palabras precisas para decir lo más oportuno respecto a lo que no puede ser dicho. Y el montaje de la barcelonesa Sala Atrium, dirigido por el gran Raimon Molins (quien, por cierto, armó tras este Himmelweg un Hamlet que también merecería ser visto por aquí abajo), juega en serio y va al límite sin miedo al vacío que pueda haber al otro lado. Con un sentido del teatro favorable a la experiencia y, ante todo, honesto. Todo aquí respira verdad y este tono, paradójicamente, a pesar de la dialéctica de falsas apariencias, subraya matices de forma harto reveladora en el texto de Mayorga.

La producción tiene su valor principal en la interpretación, con un reparto brillante empezando por el propio Molins, que encarna con buen oficio al nazi de aspiración humanista que dirige al campo, con cierto tono grueso y con humor pero sin ceder un ápice a la parodia. Patricia Mendoza y Guillem Gefaell hacen también un trabajo solvente en una obra que, sin embargo, deja sin aprovechar ciertos elementos escénicos (las marionetas, las flores, las proyecciones) que prometían una poética más afilada, con una excesiva concesión a la narratividad.

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