La (feliz) cuerda del juguete

XXXI Festival de Teatro de Málaga. Teatro Cervantes. Fecha: 16 de enero. Dirección: Alberto Castrillo-Ferrer. Texto: Alistair Beaton. Traducción: Alicia Macías. Reparto: Fran Perea, Javier Martínez, Ainhoa Santamaría, Jorge Bosch, Jorge Usón y Manuela Velasco. Aforo: Unas 800 personas (casi lleno).

¿Qué es necesario para que una comedia funcione? Los teatreros vienen haciéndose esta pregunta desde Aristóteles, pero buena parte de las respuestas se encuentran en Feelgood, la obra del autor escocés Alistair Beaton que se representó el jueves en el Cervantes en el montaje dirigido por Alberto Castrillo-Ferrer. En el fondo, sentarse a disfrutar de una comedia requiere la predisposición de un niño ante un juguete. El verdadero disfrute consiste en el descubrimiento de lo que el juguete es capaz de hacer una vez que se le da cuerda. Si la eficacia del juguete es superior a las expectativas del pequeño, el placer es ya decisivo. Y eso es justo lo que le pasa a este Feelgood: se trata de un juguete bien engrasado que, una vez que echa a andar, resulta ser un baúl lleno de sorpresas, en una cadencia feliz e hallazgos que no cesa durante las dos horas de función. Ante todo, Feelgood es un espectáculo muy bien dirigido por Castrillo-Ferrer: la ingeniería dramática aplicada es notablemente compleja, pero no se ve, no entorpece, se hace graciosamente ligera a ojos del espectador. Todo transcurre con una fluidez proverbial: la trama, los vínculos entre lo que ocurre dentro y fuera de la escena (si a usted, como a mí, le gustan las comedias de teléfonos, no debería perdérsela), los cambios de escenografía (el juego del espejo en el tercer acto es revelador y muy eficaz), los vestuarios, las réplicas, la lograda ambientación con escasos elementos (aquí se da eso de la sublimación del objeto para mayor aprovechamiento del juguete) y hasta la iluminación. Feelgood es un puzzle hecho de piezas pequeñitas que encajan a la perfección y a un ritmo de vértigo, lo que se traduce en más placer servido en la butaca. Únicamente la intervención final de Carlos Hipólito en vídeo desmerece un tanto del montaje por quedarse demasiado en la anécdota (de hecho, la revelación última que incluye no surte el impacto que debería). De cualquier forma, la obra es una verdadera lección de dirección escénica puesta al servicio de la sátira política. Añadan a esto un teatro lleno y comprenderán que hay motivos para estar contentos.

El reparto, que conjuga con inteligencia juventud y experiencia, está a la altura del envite. Fran Perea compone a su personaje de manera soberbia, con entereza y a la vez con muchos matices, y sostiene más que bien la continuidad de la acción. Jorge Bosch regala momentos impagables, como un Jorge Usón especialmente hábil en la ejecución del gag y un Javier Márquez en el papel más delicado. La sección femenina del elenco está fabulosa. Y la felicidad, certera.

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