Un festejo interminable

  • Dámaso González, que acreditó más oficio que sus compañeros de terna, estuvo voluntarioso y vulgar, sin decir nada · Los dos malagueños tampoco anduvieron finos, gris debut con caballos de Adrián Abad

El primero de la tarde, más que ayuno de fuerzas inválido, se quedó muy corto y rodó por la arena y nos quedamos sin ver en qué paraban los intentos de Dámaso González, que debutaba en La Malagueta y que insistió e insistió y aun me pregunto la razón. El cuarto fue un novillo sin casta y sin fuerza muy parado. Dámaso González, que acreditó más oficio que sus compañeros de terna, estuvo voluntarioso y vulgar, sin decir nada. Y al cabo de la faena solo vale recordar lo bien que suena la música en La Malagueta y lo inoportuna que es.

Ismael Cuevas se encontró de primeras con un utrero que embistió descompuesto y al que picaron y lidiaron muy mal. Banderilleó pero no acertó porque no sabe y se queda en la cara. El novillo llegó al último tercio, probón, muy parado y sin clase y el de Fuengirola lo intentó voluntarioso pero está muy verde. Fue y vino -ya lo habíamos adelantado- como una babosa el que hacía quinto e Ismael Cuevas amontonó sin sabor mil muletazos.

Debutaba con picadores Adrián Abad y frente al tercero, que llegó a la muleta parado y topón, se mostró lógicamente falto de oficio y lo que no es tan lógico, de naturalidad; sin que el valor fuera tampoco la nota distintiva de la faena. El sexto metió bien la cara y repitió resultando el mejor del encierro y Adrián Abad estuvo más pendiente del espejo que de aprovechar las claras embestidas de su oponente. Luego con la espada y el descabello se eternizó. Y alguien debería decirle al torero novel que no se puede entrar a matar a una res cuando tiene la cara en el suelo.

Poco, muy poco, como se ha descrito líneas atrás, para un festejo que duró más de dos horas y media.

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