El flamenco como punto de encuentro

Lugar: Teatro Echegaray; Fecha: 25 de febrero de 2011; Idea Original: Elena Carrascal; Director coreografía: Juan Carlos Lérida, Baile: Juan Carlos Lérida, Marcos Vargas, Marcos Jiménez, Chloé Brulé; Cante: Juan José Amador; Guitarra, Zanfoña: Raúl Cantizano; Violín: Fathi Ben Yakoub; Santur y Lira: Juan Manuel Rubio; Percusión: Antonio Montiel. Aforo: Tres cuartos de entrada.

El pasado viernes tuvo lugar en el Teatro Echegaray la representación de la obra Alejandrías. La mirada oblicua, estrenada en la pasada Bienal de Flamenco de Sevilla. Con un reparto de magníficos profesionales, se trata de una obra teatral contada a través del baile, donde el flamenco se erige en vehículo expresivo. Se pretende resumir en aproximadamente hora y media la vida de Alejandro Magno, desde el punto de vista de su madre, interpretada magistralmente por la actriz Ana Malaver, quien desde su particular óptica nos pasea por la niñez, la amistad no exenta de tintes homosexuales con Hefestión (Marcos Vargas), la conquista de su imperio, sus desposorios con Roxana (Chloé Brulé), la muerte de Hefestión y la suya propia.

El flamenco, en concreto el baile, lleva todo el peso de la narración de la obra, si Alejandría fue el punto de encuentro de Oriente y Occidente, el flamenco se utiliza aquí con la misma intención, como cultura puente que une pueblos.

La personalidad de los cuatro bailaores/bailarines fue arrolladora. Impresiona la fuerza expresiva de Juan Carlos Lérida y su limpieza de movimientos que evidencian una formación clásica flamenca, aunque nos introduzca elementos de danza contemporánea, así como pudimos vislumbrar pasos que nos recuerdan al universo de Israel Galván. Marcos Flores estuvo a gran altura, pero le falta esa limpieza técnica que brilla en Lérida; Marcos Jiménez nos deleitó con un repertorio de movimientos del más puro baile flamenco, aunque la música de fondo fuera exótica y mediterránea. Y Chloé Brulé fue simplemente excepcional, con un dominio del cuerpo y de la expresividad que no dejó indiferente al espectador.

Como narrador ejerció el gran cantaor de atrás Juan José Amador, aunque en esta ocasión no fue un simple cantaor para el baile, sino que tuvo su papel importante a la misma altura que el resto del reparto. Estuvo muy bien de la voz, con su eco jondo resaltado por cantes como la siguiriya y cabal, la caña, o el romance, apropiados para sus facultades. Estos palos, además, son de los más antiguos que se conocen, lo que está hablando sin duda de una elección bien construida -y acertada- de acuerdo con la atmósfera que se pretende crear con la obra. La parte musical fue una delicia gracias a la versatilidad de Raúl Cantizano, a la idoneidad de los instrumentos orientales, el violín, y la percusión, sobre la que recayó el peso básico de la música.

Quizá algunos de los números de baile se hicieron un poco largos, pero se consiguió transmitir al espectador la tensión, la agresividad y los deseos de ambición y poder que caracterizaron la vida de Alejandro Magno.

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