Cómo se forja un escritor

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En el Romanticismo se llegó a pensar que el artista era un ser inspirado directamente por un demiurgo o divinidad, escogido para canalizar en formas bellas los contenidos más sublimes, que muy pocos podían captar. En nuestros días son muy pocos los autores que desestiman el valor del trabajo y la perseverancia, del rigor y el esfuerzo. Si en épocas anteriores se aseguraba que el placer era generado por la intervención directa de un ser superior que inspiraba al poeta, Vargas Llosa está convencido de que el atributo principal de la vocación literaria es "que quien la tiene vive el ejercicio de esa vocación como su mejor recompensa", mucho más que la que pueda alcanzar con el éxito, la compensación económica o la satisfacción de ver terminada un obra. "Ésa es una de las seguridades que tengo: el escritor siente íntimamente que escribir es lo mejor que le ha pasado y puede pasarle, pues escribir significa para él la mejor manera posible de vivir." Como para don Rigoberto, el protagonista de varias de sus novelas, para el escritor la verdadera vida está "en lo que fantasea y no en esas rutinas tan frustrantes."

Además, la literatura integra lo disociado o en desorden: "uno siente que se desintegra, que se pierde, y la literatura es un orden. Un orden que tú impones a la vida y que te protege. Escribir es buscar una seguridad desde la inseguridad. Como una llave mágica capaz de dar una secuencia lógica y racional a lo que, si no, sería una especie de caos absoluto." Para que ese orden se lleve a cabo hace falta una dedicación exclusiva a la tarea creativa. El escritor no es un género, es un individuo, y necesita tiempo para escribir.

Vargas Llosa no cree en el autor que trabaja por hobby, los fines de semana. Sus propios comienzos como novelista se vieron salpicados de circunstancias que matizaban su dedicación. "Recuerdo que en el año 58 ya había tomado la decisión de ser escritor (no pensaba que pudiera llegar a vivir de eso) y decidí algo que me costó mucho: voy a buscar trabajo de modo que no me destruya la literatura, aunque no sean trabajos en que gane mucho. La condición es que me dejen tiempo". Ese año llega a España con una beca de estudios, y en el 59 se instala en París. Trabaja en diversos empleos: profesor de español, periodista en la sección española de la France-Presse, colaborador en los programas de radio y televisión francesas para América Latina, profesor de universidad... En Londres (1966) enseñó literatura en el Queen Mary College; en Washington State University (1968) fue escritor residente, y en 1969 enseñó en la Universidad de Puerto Rico y en el King's College de Londres.

A partir de los años 70 vive en Barcelona y luego en Lima, y su dedicación a la escritura va siendo cada vez más absorbente... hasta su paréntesis político (1987-90), que fracasa estrepitosamente. Algo que nunca volverá a repetir, porque lo que realmente le interesa es la literatura. Meses antes de las elecciones, y absolutamente entregado al programa político, su mujer le recordó con ironía su pasado literario. Él mismo lo cuenta en sus memorias: "Patricia, a quien para mi sorpresa ya había visto para entonces dar entrevistas en televisión -antes se había negado siempre a hacerlo- y pronunciar discursos en los pueblos jóvenes, cuando me veía regresar de esas inauguraciones, bañado de pies a cabeza de papel picado, solía preguntarme con toda maldad: '¿Te acuerdas todavía que fuiste escritor?'"

¿La receta, entonces, para llegar a ser un buen escritor? Sólo hay una: trabajar, entregarse en cuerpo y alma, con perseverancia, con rigor. "A veces -asegura- el talento brota del esfuerzo." No estamos ante "un pasatiempo, un deporte, un juego refinado que se practica en los tiempos de ocio. Es una dedicación exclusiva y excluyente, una prioridad a la que nada puede anteponerse, una servidumbre libremente elegida que hace de sus víctimas (de sus dichosas víctimas) unos esclavos".

Flaubert decía que escribir es una manera de vivir, y Vargas Llosa concreta más: "quien ha hecho suya esta hermosa y absorbente vocación no escribe para vivir, vive para escribir." En efecto, Mario vive para la literatura, desde la mañana hasta que se acuesta. Impone un orden a su vida que le permita trabajar con constancia y dedicación. Intenta pasar temporadas largas allá donde se encuentre, para no cortar su actividad.

Cuando tiene que dictar cursos, pronunciar conferencias, promocionar sus obras, procura concentrar esos trabajos para que no le obliguen a desplazarse constantemente de un país a otro y abandonar su bendita rutina. Se levanta temprano, lee una hora, sale un rato a pasear con Patricia, lee varios periódicos, pero antes de las nueve ya se ubica en su escritorio, hasta el mediodía. En esas horas trabaja intensamente en la novela que esté escribiendo. Por las tardes prefiere ir a las bibliotecas, para cambiar de ambiente, y porque en ellas hay silencio, una privacidad que se respeta y una atmósfera estimulante.

La jornada termina hacia las siete de la tarde, y nunca escribe de noche. Este plan se repite de lunes a sábado, y aprovecha el domingo para cultivar el género periodístico. Vargas Llosa vive de, para y con sus ficciones, pero también desea tener los pies en el suelo.

Sus artículos en prensa suelen comenzar con una anécdota o un pequeño relato, un atractivo para despertar interés, y llegar más a la curiosidad que a la razón. Una vez que el lector ha enganchado con el tema, viene la reflexión intelectual, que debe concentrarse en una sola idea. Si conviven varias, el artículo fracasa y no interesa, se convierte en algo confuso, disuelto.

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