La gran fiesta generacional

  • El director de 'Resacón en Las Vegas', Todd Phillips, produce 'Project X', crónica de una jornada de desmadre adolescente en un vecindario de Los Ángeles.

Los Ángeles es un libro abierto, un retrato social que discierne entre la economía doméstica y la criminal, y, dichosas las páginas que lo forman, en la mayoría de los casos acierta de lleno. Existe cierto placer por conservar la noche de autos como el álbum de errores que uno revisita cuando no tiene otra cosa mejor que hacer que flagelarse porque algún billete de más engrosó el tanga de alguna stripper. Así lo llevan calcando en Hollywood desde que el ahora típíco gamberro de turno bordaba su nombre en la silla de director y se ponía a los mandos de una macrofiesta en el jardín de una casa del sur de EEUU. De ahí a que, casualmente, Los Ángeles sea el centro de todo, apenas hay un escalón. El neón, las curvas y el alcohol despistan lo suficiente como para que cualquier concentración de jóvenes se convierta en una anarquía.

Puede que el realizador Todd Philips sea el más maduro de sus compañeros, y no solo por su atractiva sinfonía de caos juerguista de su celebrada Resacón en Las Vegas, sino por su fiel estética cartoon que rodea su filmografía. Todo lo que se percibe en sus cintas advierte, a lo lejos, que no debería estar ahí, o que no debería estar ocurriendo. Si todo es fruto de una mente repleta de alucinógenos o no, tendrá que ser sometido a juicio por los espectadores, y si la orquesta desafina o no, también.

Ejerciendo de productor en Proyecto X, película que finalmente se incorpora hoy a las carteleras españolas, Philips alardea de poder trasladar su apoteosis necia hasta los confines de un apacible vecindario de Los Ángeles. No deja en evidencia ninguno de sus trabajos anteriores con una obra cuyo legado bien podría estar en esas páginas antes mencionadas que, aunque en su mayoría nos avergüencen, nos hacen demasiada justicia. Desde un principio, Philips presenta su producción como una ambiciosa comedia que entra directamente como una pieza clave de la reivindicación juvenil del siglo XXI. La concentración de las masas, su rendimiento social y demás parecen tener un hueco entre toda la euforia y la adrenalina que acaban por desprenderse entre ese festín de sudor y hormonas. Todo queda totalmente dilucidado cuando el caos adopta las mismas formas que podría llegar a encontrar en una guerrilla de bandas, y el conjunto se engrandece a través de estereotipos inteligentemente elaborados.

En el fondo, la película parece uno de esos repelentes ejercicios de entretenimiento generacional al más puro estilo de Jersey Shore y demás programas firmados con el sello de la MTV, pero como retrato se ciñe, en especial, a los esbozos de erotismo veraniego desprendidos en Piraña 3D, a la catarsis rítmica de Resacón... y al fruto del culto a Supersalidos. Trasciende evidentemente de esta última, tal y como la noche se desarrolla, hasta que el surrealismo acuñado por Philips se apodera de la situación. No hay ningún gag que parezca enlatado para ser exhibido después en televisión, y menos tratándose de uno de los proyectos más inteligentes que la comedia americana ha ofrecido en los últimos años. Desde el primer momento, se espera al amanecer para la redención, para olvidar cualquier acto desmedido, porque para cuando salga el sol, todo habrá acabado.

Si se quiere cometer una infamia semejante, y dejarlo todo a un lado, que se haga. Al fin y al cabo, todo está escrito. En el futuro, lo revisarán como si fuese uno de esos aletargados realitys y verán cómo la juventud se hacía añicos al frenético ritmo de Flo Rida.

Etiquetas

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios