Al gusto y 'tempo' de Perianes

Les invito a pasear. Sencillamente miren a su alrededor. Comprueben que la medida del tiempo en nuestra época transcurre más apresurada que nunca. Quiero pensar que hubo un tiempo en el que la vida transcurría más lentamente. Y quiero suponer que el disfrute de la mera contemplación era mucho mayor y efectivo.

En el caso musical, queramos o no, esto también es determinante. Por eso, observar que un intérprete se tome su lapso temporal para afrontar una interpretación es digno de algo más que la simple admiración. Los elogios van para Javier Perianes. Un músico que ya venía con el sello de excelente pero que tras su última estancia en las tablas del Teatro Cervantes va alcanzando cotas mucho más elevadas. Una progresión magnífica y que se pudo constatar con rotunda claridad en el conocido Concierto nº 2 para piano y orquesta en do menor, op. 18 de Sergei Rachmaninov.

Tan sólo hubo que asomarse al teclado del piano para comprobar que, lo que se podría denominar Teoría Perianes, funciona. Perdónenme mi atrevimiento pero todo radica en lo siguiente: precisión rítmica absoluta corroborada tanto en el comienzo del Maestoso como en la limpieza de trinos en el Allegro scherzando, un movimiento corpóreo elegante y natural que casa perfectamente con el piano como si de un todo se tratase, una aplomante naturalidad en combinación con la más pura expresividad, junto a un discurso claro y definido de conjunto en plena comunicación con la batuta. Todo esto, sin embargo, se podía resumir en: disfrutar y hacer disfrutar. ¿Cómo? Tomándose todo el tiempo del mundo para interpretar (en palabras mayúsculas y todos los sentidos posibles). En este sentido, el Adagio sostenuto reafirma esta última apreciación e hizo de los bravos del público una pura exaltación de un sentimiento de alegría compartido. Ni que decir tiene que la multiplicación de felicidad se reanudó con los dos bises ofrecidos (inclusive con Ceccato en acompañante / pianista a cuatro manos).

Igualmente, el maestro Aldo Ceccato parece que también se contagió de ese dejar transcurrir el tiempo que tenga que suceder ante el disfrute. No escatimó en palabras y se atrevió a concedernos un Tahiti-Trot de Youmans/Shostakovich (por duplicado) en evidente invitación a la sonrisa. Hacía tiempo que los maestros de la Orquesta Filarmónica de Málaga (OFM) no esbozaban una sonrisa y el italiano lo consiguió. Afortunadamente todo este conjunto equilibró una Sinfonía nº3 en fa mayor, op. 90 de Brahms poco aprovechada donde, por desgracia, tan sólo destacó su primer tiempo.

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