La historia de un disco

  • El que fuera líder de The Velvet Underground reproduce esta noche en directo su polémico álbum de 1973 en el Teatro Cervantes y cierra su gira europea

"Nos matamos psicológicamente en ese álbum -admitiría-. Nos metimos tan a fondo que luego casi no podíamos salir. Fue un álbum muy doloroso de realizar. Y sólo yo y Bobby sabíamos lo que teníamos entre manos, y lo que el material consiguió hacer con nosotros". Es Lou Reed quien habla -lo recogió Victor Bockris en Las transformaciones de Lou Reed (Celeste, 1997)-, el disco del que dice que casi acaba con él es Berlin (RCA, 1973) y Bobby es Bob Ezrin, quien descubrió la esclavitud de la heroína en el proceso de grabación. Hace año y medio, el autor de Transfomer (1972) recuperó en directo ese trabajo maldito, que en su día sólo le dio problemas. Esta noche, a las 22:00, cierra su gira europea en el Teatro Cervantes y esa pesadilla es lo que va a interpretar por completo, además de una selección de otros clásicos.

El tercer disco en solitario de Lou Reed (Nueva York, 1942) nació tras la feliz resaca de Transformer, su único álbum superventas -Walk on the wild side le hizo popular y millonario-, y el mejor pasaporte para un gran contrato discográfico. El que fuera líder de The Velvet Underground arrastraba una merecida fama de autor difícil, veneno para las listas de ventas, pero su acercamiento a David Bowie le había llevado al éxito y casi al pop. Berlin lo devolvería al punto de partida de un modo traumático.

Lo que acabó siendo su suicidio comercial comenzó como un ambicioso proyecto que Reed vendió a su compañía discográfica, un álbum conceptual adulto para un público adulto. El disco dramatiza su divorcio con su esposa Bettye en forma de la deprimente historia de dos drogadictos norteamericanos que viven en Berlin. Un desafío.

Además de arriesgada, la idea de Reed y Ezrin era cara. Se marcharon a Londres, y allí reclutaron con libertad a un nutrido y prestigioso grupo de músicos: Jack Bruce, Steve Winwood, Steve Hunter, Dick Wagner, B. J. Wilson (de Procol Harum) y Ansley Dunbar. Por si no era suficiente, también contaron con una orquesta sinfónica y un coro.

Las sesiones de grabación fueron un caos y cada nueva aportación de Reed era más deprimente que la anterior -dicen que los gritos de The kids son de los hijos de Ezrin, asustados por creer que su madre había muerto, en una extraña estratagema de su padre-. El tono comenzó siendo oscuro y terminó destructivo. Cuando RCA escuchó las cintas no entendió nada de lo que le ofrecían, y su interés en Berlin desapareció. Lo que había sido planificado como un doble álbum con portada desplegable y y un folleto en su interés, acabó reducido. Los ejecutivos no querían pagar más por algo que no sabían cómo vender. Bob Ezrin se vio obligado a eliminar catorce minutos de música. "Cuando Bobby me dio la cinta maestra, me dijo: "No te molestes ni en escucharla; métela en un cajón", recordaba Reed.

Las diez canciones que se salvaron han pasado a la leyenda como el disco más depresivo de la Historia del Rock. Y ni el público ni la prensa entendieron Berlin. Rolling Stone, por entonces la biblia musical, calificó al álbum como un "desastre". Esa fue la opinión general y casi nadie aplaudió o escuchó Berlin, Lady Day, Men of good fortune, Caroline says I, How do you think it feels, Oh, Jim, Caroline says II, The kids, The bed y Sad song.

"Tuve que hacer Berlin. Si no lo hubiera hecho, me hubiera vuelto loco". Lo dijo Lou Reed, esta noche quizá lo entendamos.

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