Sin honestidad no hay cine; sin gravedad, quizá

Hasta cinco guionistas, cinco han hecho falta para terminar una película cuyos diálogos encierran frases como la siguiente: "Hasta Forrest Gump sabía cuál era su verdadero nombre, y yo no sé cuál es el mío". Uno procura tomarse estas cosas con filosofía, así que si salen dos mafiosos rusos metidos en un coche y quedan en ir de golfas para demostrar que son más malos que nadie, lo mejor es pasar página de manera sana. Y si al mismo protagonista le anuncian sus padres que es hijo adoptado y el susodicho actúa como si le hubieran dicho la verdad acerca de los Reyes Magos, tampoco es para clamar al cielo. Luego, la cosa deja de tener gracia cuando el argumento empieza a hacer agua por todas partes, cuando todo el mundo corre o se atropella (¿qué revela el detalle de las motos del Telepizza, una noción fallida del realismo o falta de presupuesto?) sin que los motivos estén muy claros, cuando el doblaje de las voces se revela infame (especialmente en el caso de la hermana) y las escenas fragmentarias proyectadas a gran velocidad se eternizan con el único sentido de rellenar huecos, cuando los diálogos parecen escritos por adolescentes con ganas de hacer una película, cuando las patas que parecían sustentar la producción (como el déjà vu y la clonación) se caen por su peso y no pasa nada, cuando Adriá Collado se pasa todo el metraje con cara de dolor de peroné como única aportación al personaje (curiosa interpretación de la tragedia: a Nietzsche le habría encantado) y cuando uno se pregunta qué diablos hace ahí metido José María Pou, en un papel horrible del que se podría haber prescindido, como prácticamente todo en esta película. Lo peor de todo es el tono grave con que está hecha, como para convencer de que todo lo que pasa es muy importante. Ya que no hay cine, debería haber honestidad.

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