Las idas y venidas del antihéroe

  • Todo indica que se le va a inyectar al personaje una dosis final de la ferocidad tan carismática de los antihéroes en 'Lobezno inmortal'.

La violencia, la espontaneidad y la brutalidad de los antihéroes es algo que resulta realmente enigmático. Porque les funciona eso de segar vidas bajo la atenta mirada de la justicia, que dicen llevar en todo momento como símbolo de lealtad y escudo moral. Al cabo de un tiempo, acaban marginándose en andrajosas tabernas de mala muerte, y abandonándose a los placeres del whisky, envejeciendo junto a él y recordando viejos baños de sangre. En el mundo del cómic, la sobriedad del blanco y negro permite que estos personajes sufran y hagan sufrir con una frialdad sumamente efectista. Fue el caso de El Castigador, archiconocido estandarte de la violencia justificada ideada por Marvel Cómics. Contó con una magnífica adaptación a la gran pantalla en 2004, una gran deudora de la agresividad y la musicalidad de los spaghetti westerns.

De todas formas, algo más ejemplificador (y comercial) es el ejemplo de Lobezno, al que ha dado vida el versátil Hugh Jackman en diversas ocasiones. Pese a que se le haya acabado introduciendo en círculos colectivos en la saga X-Men, siempre ha terminado visualizado y perfilado como un animal individual, enredado en ese particular misticismo ya mencionado que gira en torno a los antihéroes. Si se pasa por alto su evolución con el paso de las últimas películas de la saga, queda claro que se le presentó como una tangente desolada y retraída del Rambo de Stallone, sometido, irónicamente, a una presión social muy parecida a la que sufrieron los veteranos de la Guerra de Vietnam.

Al fin y al cabo, esta suerte de justicieros está continuamente en el punto de mira del progresismo más crítico, lo que les acaba llevando al sentimiento de incomprensión que tortura su estilo de vida. En ese aspecto, Lobezno es un personaje extrañamente masoquista; lo que sabe del amor siempre lo ha acabado ligando a la crueldad, por ejemplo. Así se le intentó definir en la no infravalorada, pero sí maltratada X-Men Orígenes: Lobezno.

Sin embargo, parece que se le va a inyectar al personaje una dosis final de la ferocidad tan carismática de los antihéroes en Lobezno inmortal, cuyo estreno mundial será el 17 de julio de este año. Esta cinta, en vez de proseguir con el predecible pero desconocido pasado del justiciero, continuará la acción de la película X-Men: La decisión final, que acababa de una manera bastante más devastadora y pesimista que cualquiera de las anteriores.

Se estuvo rumoreando que el íntimo y realista Darren Arronofsky (Cisne Negro), al que resulta imposible odiar cuando se recrea en la profundidad del nervio y la inquietud, se podría haber puesto a los mandos de este giro del personaje. Finalmente, la tarea ha recaído en el clasicismo visual de uno de los realizadores más injustamente olvidados del panorama norteamericano: James Mangold. Sobrio y contemplativo director de la estupenda revisión del clásico relato de Elmore Leonard El tren de las 3:10, Mangold se ganó la simpatía de la crítica y el público al rodar su trabajo más redondo a día de hoy con En la cuerda floja. Aquel tragicómico drama biográfico centrado en los matices vocales del gran Johnny Cash contó con una serie de prestaciones artísticas que han permitido considerarla una discreta obra maestra. Además de la contundencia expresiva de un enorme Joaquin Phoenix (que recientemente ha vuelto a demostrar en la sobresaliente The Master), la no edulcorada belleza elitista de Mangold empañaba todas las caras de aquella cinta. Porque la iconografía setentera exudaba calor humano, o lo que es lo mismo, un realismo atroz en una época plagada de prejuicios sociales y antiprogresistas.

Es ese mismo realismo el que se ha echado tanto en falta a la hora de representar el talante violento de un ser sanguinario e incomprendido como es Lobezno. Como con los veteranos de guerra o los cantantes drogodependientes, existe un terrible temor a que su faceta más superficial, autodestructiva en su mayoría, opaque la pureza moral de la sociedad. Por ello son injustamente apartados de un mundo que los necesitó, y que tarde o temprano, los volverá a necesitar. Un pasado así de oscuro es el que permanece en la memoria de aquellos que conocen bien a Lobezno. Ahora queda por ver su futuro, y éste sí es impredecible.

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