arte

De la imagen (re)construida

  • La obra de José Miguel Pereñíguez supone un cultísimo ejercicio de recuperación y recreación de acontecimientos y símbolos privilegiados de la cultura occidental

En las ceremonias del etiquetado y la reducción en las que tantas veces se convierte el ejercicio de la crítica de arte, tal vez bastaría con señalar que la obra del artista sevillano José Miguel Pereñíguez supone un cultísimo ejercicio de recuperación y recreación de acontecimientos y símbolos privilegiados de la cultura occidental; concretamente en esta En mitad del mundo, de los rituales de fundación de las ciudades romanas, de multitud de elementos de la cultura grecolatina, cuestiones que observamos en su serie Mundus y en las versiones de Pholeos, así como, en una cita a lo oriental y a lo islámico, del Creciente Fértil, tal como apreciamos en la otra serie expuesta, La representación persa.

Al igual que también podría ser suficiente hablar de cómo el artista parece perseguir el enigma y lo emblemático por medio de diferentes recursos. Su exquisita, pulcra y verista imaginería no toma elementos sencillos y rutinarios sino iconos o símbolos culturales cargados de significación, con lo cual son más densos y concitan unos condicionantes y una historia aparejada que aún complican más la lectura o interpretación de las obras, o cuanto menos las connota de un modo especial.

De este modo, para rememorar la Antigüedad, el artista toma elementos como yelmos y corazas de estirpe troyana, el olivo como símbolo mediterráneo, artilugios y esquemas usados en la creación y planeamiento de la ciudad, restos arqueológicos y espacios relacionados con los anteriores cargados de simbolismo. Es el caso del templum y del mundus, recurrentes en estos dibujos. El primero era el lugar central que se originaba del cruce de los ejes principales de cualquier ciudad romana, mientras que el segundo era una cámara ritual que se abría en aquel lugar y que simbolizaba ser el "centro del mundo" y no sólo el de la ciudad, así como una suerte de representación de la cosmogonía, es decir, del origen y desarrollo del universo.

Sin embargo, con ser mucho ya lo que cosecha Pereñíguez -lo ya dicho-, lo que está en juego es una reflexión acerca de la representación en general y de la imagen pictórica y gráfica en particular. Podríamos decir -no creo que desde la exageración- que Pereñíguez trama y dibuja una compleja estrategia que insiste, a través de los temas que toma, de los recursos y del estilo, en la naturaleza, la función y las posibilidades de la imagen y de lo pictórico, de la posibilidad o la imposibilidad de que aquello que se recree, reconstruye o evoque se ajuste a la realidad y no a una interpretación.

Una vez señalado ese componente estratégico de su poética, ha de entenderse que la elección de las temáticas que ocupan sus papeles y cartones no se debe exclusivamente a una posible sofisticación y a un poso cultural desbordantes -que también-, sino que en esencia actúan como metáforas de algunos aspectos de la pintura y del pintor, así como alegoría de la creación artística. Esto es, a la luz de todos esos restos y de la mesa que dibuja cuajada de elementos de la arqueología, Pereñíguez pudiera metamorfosearse en arqueólogo. Si éste a partir de restos, más o menos completos, a partir del yacimiento -lugar que aparece dibujado en algunas piezas de esta muestra- interpreta esos registros, esa cultura material enterrada para explicar, (re)construye un relato o narra lo no-visto, Pereñíguez interpreta los testimonios, lo textual para prefigurar una imagen; bien es cierto que casi siempre es un viaje inverso, es decir, mientras que el arqueólogo va de lo físico y visual al texto (a la explicación o exégesis), el segundo, el artista, no sólo usa ese registro material y figurativo, sino que de lo verbal, de lo relatado, alumbra imágenes. Pero los dibujos que presenciamos son tal vez el último eslabón de la cadena del personalísimo proceso creativo de Pereñíguez. Son el traslado a lo bidimensional, a lo dibujístico y pictórico, de maquetas y construcciones que realiza siguiendo las fuentes escritas y documentales.

Muchas de las imágenes son espacios, habitáculos o cuerpos que comunican con otros posteriores que se aprecian fragmentaria y misteriosamente a través de ranuras, vanos y huecos. ¿No subyace aquí una posible metáfora de la obra de arte como figurado espacio que nos revela, desvela, expresa o comunica algo no-recogido o no-visible en su materialidad o en su universo icónico? Espacios dominados por el silencio, el suspense, el misterio y el enigma que gobiernan toda su obra.

He aquí una demostración de cómo la pintura y el dibujo pueden redimensionar el objeto o referente que toman como modelo, de cómo un elemento que saltaría a nuestros ojos como cotidiano e intrascendente pasa a aumentar su capacidad de significación y trascendencia.

Alguna vez he escrito, en relación a las obras de Wilhelm Sasnal o Daniel Richter, que la pintura añade densidad -no sólo metafórica por aquello de la materia pictórica-, concentración y pausa a imágenes de raíz fílmica y fotográfica, prístinas y rápidas por naturaleza. La mayoría de esas estancias, espacios y objetos son construidos por el propio artista como una parte insustituible de su proceso creativo para, con posterioridad, acentuar ciertos puntos de vista en su traslado al papel o al cartón con materiales parcos como la tiza, el carboncillo o el lápiz conté. El dibujo, la obra que apreciamos en sala -la única que sale del estudio del autor-, adquiere distintas consideraciones. De un lado es un mero registro visual, un testimonio y, en rigor, una mera copia. Pero, por oro lado, es el dibujo (su tratamiento, las perspectivas, los tropos y recursos técnicos, formales y estilísticos) el que insufla vida y tensión a esas imágenes que, por mor de ello, obvian esa suerte de naturaleza de ilustraciones que le pareciera reservada.

La posible narración contenida en sus imágenes cede ante el relato de la génesis, consideración y estatus de la imagen -esto hace de ellas, por paradójico que parezca, herméticas-. No se dan, quedan como enigmas pero nos atrapan porque no percibimos vacío sino algo suspendido y latente y que no se termina de averiguar, irresoluble a veces, pero que nos retiene. Tal vez sea eso, la inefabilidad (la imposibilidad de decir lo que no se puede explicar), algo consustancial a la obra de arte y por eso Pereñíguez haga por perpetuar esa condición en sus obras.

José Miguel Pereñíguez. Sala Siglo. Plaza del Siglo, s/n. 1ª planta. Málaga. Hasta el 25 de febrero.

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