Sobre lo innecesario de las imitaciones baratas

Sentarse en las butacas del Cervantes me provoca pavor, y justo antes de que las luces se apaguen para dar paso a la proyección, en ese terrible momento, miro al techo y pido clemencia. Ayer, nadie me escuchó. Pájaros muertos, esa revisión casposa y masturbatoria que los primos Sempere han perpetrado de American beauty, con guiños a Magnolia y Mujeres perfectas, es un bodrio, además de un cortometraje inflado para parecer lo que no es: un largo.

Más allá del tema, otra mirada crítica sin sustancia ni argumentos a la consumista y aséptica sociedad contemporánea de los días del capitalismo popular, Pájaros muertos fracasa por su nula capacidad para manejar el lenguaje cinematográfico -ninguna secuencia ha sido planificada, a la espera de que el torpe montaje salvara los muebles-. Como remate, el guión se agota en diez minutos, algo que lastra la casi hora y media restante y que explica la traca final, de un mal gusto y una falta de imaginación sonrojantes. Por otro lado, todo es tan previsible como intrascendente. Esto se supone que es una comedia con intención crítica -los primos Sempere hablan también de Miss Little Sunshine y Las vírgenes suicidas-. Esto no es celuloide para un Festival, salvo del humor.

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