Un intelectual en Hollywood

  • Esta semana se ha cumplido el centenario de Joseph L. Mankiewicz, uno de los grandes maestros del cine clásico, cuya obra y figura analiza la editorial T&B en una nueva y jugosa monografía

Al simple aficionado, el nombre de Joseph Leo Mankiewicz quizás le resulte familiar por el explícito, aunque torcido, homenaje que Pedro Almodóvar le rindiera en Todo sobre mi madre (1999) o, tal vez, por el reciente remake de La huella (1972), cumbre de su carrera y, a la sazón, testamento temprano del cineasta. Para el cinéfilo de verdad, invocar a Mankiewicz supone desgajar un pedazo de la historia del cine. Hombres como él, valedores tanto del arte como del artesanado, hicieron grande el cine norteamericano del período clásico. De estar todavía entre nosotros, el pasado miércoles 11 habría cumplido 100 años, pero a muy pocos les ha sido concedida la longevidad de un Manoel de Oliveira. Mankiewicz murió el 5 de febrero de 1993; su legado y ejemplo, no obstante, siguen vivos entre quienes aman, amamos, el cine de ayer.

Mankiewicz fue etiquetado a menudo como "un intelectual en Hollywood", una imagen que él gustó de cultivar presentándose como frustrado profesor de Literatura o perpetuo aspirante a dramaturgo. En contra de cuanto pudiera pensarse, esto no lo convirtió en una rara avis en el cielo californiano; no cavemos más hondo el hoyo del tópico. En el Hollywood de antaño, quizás menos en el de hogaño, no eran insólitos los profesionales cultos: la brillantez de esos clásicos que todos tenemos en mente no está ahí por casualidad. Mankiewicz poseía una amplia cultura y no es extraño que, a la hora de contar la vida y milagros de la legendaria Cleopatra, recurriera a Plutarco y Suetonio, así como a William Shakespeare y George Bernard Shaw, ni que la 20th Century Fox pusiera su poderosa maquinaria industrial a disposición de un espectáculo que derrocha dólares, inteligencia y experiencia. Y es que, antes de tomar las riendas de Cleopatra (1963), la película más cara de su tiempo, Mankiewicz tenía a su espalda tres décadas de dedicación casi exclusiva al cine.

Su carrera empezó en 1929, escribiendo las didascalias de películas mudas y se prolongó a lo largo de más de cuarenta años, ejerciendo siete de ellos como guionista, diez como productor y 25 como director. Los aciertos, en cada ámbito, son cuantiosos e importantes, de modo que el repaso será forzoso, fatalmente somero.

Su currículum como guionista cuenta con una treintena de títulos; entre ellos, algunos tan prestigiosos como Si yo tuviera un millón (1932) de Ernst Lubitsch y El pan nuestro de cada día (1934) de King Vidor. En este período sentaría las bases de su futura labor en la dirección, pues le ayudó a coger esa buena mano suya para los diálogos, certeros, agudos, y le convenció de que un buen guión es requisito sine qua non para una buena película.

Su paso a las tareas de producción fue también precoz. Con sólo 27 años, Mankiewicz fue el arquitecto del debut de Fritz Lang en tierras americanas, Furia (1936), un apasionado y por momentos apasionante alegato contra la pena de muerte. Dentro del sistema de estudios, en ocasiones, el productor se limitaba a estampar el visto bueno en proyectos ajenos a él, pero no es casual que los suyos respondieran a un mínimo de calidad genuino y varios sean notables; pienso en Tres camaradas (1938) de Franz Borzage, Historias de Filadelfia (1940) de George Cukor o La mujer del año (1942) de George Stevens.

Aunque estuviera preparándose para el salto, el paso a la dirección fue un poco por casualidad. Ernst Lubitsch debía haberse encargado de El castillo de Dragonwyck (1946), pero al final se contentó con producirla, pasando el testigo al joven discípulo. Aunque nunca se mostrara muy satisfecho del filme, la prueba le permitiría pasar página. En adelante, Mankiewicz sólo escribiría para sí mismo y, andando los años, fundó la productora Fígaro Inc. con la que acariciaría, siquiera brevemente, el sueño de la independencia absoluta.

A José Ruiz le debemos un axioma tan llamativo como superficial; según él, Mankiewicz habría sido el único director que jamás firmó una mala película; lo que no quiere decir, válganos el cielo, que todas las suyas sean obras maestras. Dejemos, de todos modos, las realizaciones más flojas, que las tiene, y centrémonos en las más distinguidas, que no son pocas.

Mankiewicz es un buen exponente del sistema de estudios; jugó siempre la baza del star system, obteniendo actuaciones memorables de los intérpretes más diversos, y jamás hizo ascos a ningún género, acercándose a algunos tan alejados de sus intereses como el musical, Ellos y ellas (1955), o el western, El día de los tramposos (1970), con resultados harto estimables. Sus mayores logros, sin embargo, los consiguió en el melodrama y la comedia sofisticada, unos moldes genéricos que llenó, a veces, de una sutil ironía, a veces, de un mordaz sarcasmo. Al primer grupo pertenecen Eva al desnudo (1950), La condesa descalza (1954) o De repente, el último verano (1959). Al segundo, Carta a tres esposas (1949) o Mujeres en Venecia (1967). Sus temas predilectos fueron el de las apariencias y su representación, el fingimiento y la mentira que cimenta y sostiene las relaciones humanas, y la extrema fragilidad de todo ello. En La condesa descalza, un personaje hace un comentario que resumiría bien su ideario: "La vida se comporta a veces como si hubiera visto muchas películas baratas". Ninguna de las suyas lo fue.

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