La invención de la aventura

  • La editorial malagueña Confluencias publica por primera vez en España la obra de Benoît Peeters 'Hergé, hijo de Tintín', considerada la biografía más amplia y rigurosa de Georges Remi

La decisión de la editorial Casterman y la sociedad Moulinsart, recientemente anunciada, de publicar nuevas aventuras de Tintín a partir del año 2052 para evitar que el personaje caiga en las manos del pérfido dominio público (y justo cuando salía al mercado el primer álbum de Astérix facturado sin la firma de Uderzo, en una singular conjunción astral que venía a poner boca abajo el complejo mundo del cómic europeo), servirá para abrir una nueva e inesperada puerta a la vida de tan querido reportero; pero, a su vez, en el mismo 2052 quedará cerrado un ciclo que habrá empezado nada menos que 170 años antes, en 1882, cuando una joven llamada Léonie Dewigne dio a luz en Bruselas, en la más absoluta precariedad, a dos gemelos de padre desconocido, Alexis y Léon. Casi dos siglos, en un envite más propio del Renacimiento, se sostienen por tanto en los hombros de Tintín, cuya actualidad se mantiene álgida en virtud de adaptaciones cinematográficas, exposiciones, polémicas como la que continúa latiendo en torno a Tintín en el Congo, publicaciones y homenajes a su creador, Georges Remi Hergé (Etterbeek, 1907 - Woluwe-Saint-Lambert, 1983), un genio que nunca creyó ser tal y cuya trayectoria vital encierra una historia tan apasionante como la que imprimió en sus viñetas. Por si fuera poco, los tintinófilos españoles están ahora de enhorabuena: la editorial Confluencias acaba de publicar (justo estos días llega a las librerías) Hergé, hijo de Tintín, la biografía que Benoît Peeters (autor de otras aproximaciones a luminarias como Paul Valéry y Jacques Derrida, y también guionista de cómic) lanzó originalmente en 2002 para la editorial Flammarion y que se vierte al fin al castellano, con traducción de Laura Naranjo y Carmen Torres García y un prólogo de Álvaro Pons.

La edición que pone en el mercado Confluencias, facturada en Málaga por el equipo de Carlos Pranger, hace honor a la considerada como biografía canónica de Hergé: 550 páginas con más de 700 notas a sus pies, un índice onomástico en el que coinciden desde Walter Benjamin a François Truffaut, una bibliografía descomunal y un conmovedor empeño homérico en contarlo todo, lo que, tratándose de Hergé, da para mucho. Peeters dirige al lector por los senderos de la creación, por el modo en que un genio puede hacerse a sí mismo y, más aún, por los cauces que permiten a un tipo normal (tal y como se presentaba Hergé a los suyos) alumbrar una de las obras artísticas más significativas, representativas, admiradas y compartidas del siglo XX; más aún, hasta hacer del cómic un vehículo de expresión cultural tan válido como la literatura o el cine. En Hergé hay todo un Emilio Salgari, un Verne, el seguimiento de una tradición al uso; pero también una invención de la misma aventura. El tiempo le dio la razón: todo lo que se ha escrito, rodado y dibujado después en torno a la aventura no ha podido esquivar la influencia de Tintín, aunque haya sido de manera inconsciente; baste recordar la paternidad hergiana que Steven Spielberg admitió para Indiana Jones, incluso cuando admitió haber rodado En busca del arca perdida sin haber leído sus tebeos (Hergé correspondió afirmando que Spielberg sería el único capaz de llevar al cine las aventuras de Tintín con fidelidad; lamentablemente, el fiasco que supuso El secreto del Unicornio hace un par de años sirvió para demostrar que también Hergé era capaz de equivocarse). Al mismo tiempo, la biografía no evita los episodios más oscuros de la vida de Hergé; muy al contrario, se adentra en ellos con determinación y con la mejor aspiración del biógrafo: contar la verdad.

La Léonie Dewigne que parió en 1882 a dos gemelos vio la luz al final del túnel poco después, cuando la condesa Hélène Errembault de Dudzeelle la contrató a su servicio. Años más tarde, Dewigne se casó con un obrero impresor llamado Philippe Remi que reconoció a los gemelos y les dio sus apellidos, a pesar de que cuando nacieron él sólo tenía once años de edad. Alexis Remi fue el padre de Georges, quien nunca conoció a su abuelo Philippe. Como bien explica Peeters en su obra, los lazos familiares de Hergé nunca fueron precisamente estables y aparecen ante el investigador cargados de misterio. El seudónimo que el autor acuñó en 1924, una inversión de las iniciales de Georges Remi, esconde ciertamente el intento de zafarse de una herencia tan improbablemente biológica como a menudo nefasta en lo personal (los encuentros que mantuvo con su hermano menor, Paul, se cuentan con los dedos de una mano). Nunca le resultó fácil conseguirlo.

La adscripción católica de Hergé quedó patente ya en su infancia, a través de los Boy-Scouts y de la Acción Católica, que ante algunos intentos esporádicos de dar a la Iglesia un giro más social hizo en los años 20 el solemne juramento "de acercar Bélgica a Cristo, entre el tacto sedoso de los estandartes al viento y la alegría soldadesca de las marchas". Aunque Remi publicó algunos dibujos en el boletín del colegio religioso de Saint Boniface en Bruselas, Jamais assez, logró más notoriedad a través de Le Boy-Scout, la publicación oficial de los Boy-Scouts católicos. De hecho, fue el jefe de tropa René Weverbergh quien con más entusiasmo le animó a dibujar. Y en un ambiente marcado por la disciplina marcial y la actividad más impune de los pedófilos, Remi se disponía a ser el creador del Tintín.

La historia siguió su curso. En 1925, Hergé pasó a formar parte del Le Vingtiéme Siécle, un periódico conservador y ultranacionalista, mientras ilustraba las aventuras de Totor, uno de sus primeros personajes. En 1927, la misma cabecera le encomendó la dirección del suplemento Le Petit Vingtiéme, y fue en esta publicación donde, el 10 de enero de 1929, apareció por primera vez el intrépido reportero Tintín y su ya inseparable foxterrier Milú. Hasta 1930 se mantuvo la divulgación semanal de Tintín en el país de los soviets, un panfleto contra la Unión Soviética que gozó ya de un éxito que ni Hergé ni los responsables de LeVingtiéme Siécle esperaban. Tanto fue así que, mientras Remi trabajaba en Tintín en el Congo, El país de los soviets se publicó en Francia, a través del semanario católico Coeurs Vaillants, con igual éxito. En 1932 apareció Tintín en América, y aunque las publicaciones semanales continuarían en Le Petit Vingtiéme la editorial Casterman mostró pronto su interés en publicar los álbumes completos, tal y como finalmente hizo con todas la aventuras de Tintín. Entre 1933 y 1935, la aparición de Los cigarros del faraón y El loto azul permitió a Hergé cumplir su sueño de llevar a Tintín a Oriente, y en 1934 conoció a Tchang Tchong-Jen, un joven artista procedente de una familia católica china que ayudo a Remi con las pruebas de El loto azul (en el que, además, Hergé profetizaba la invasión japonesa). Ambos forjaron una amistad inquebrantable, aunque sesgada de manera abrupta en 1935 tras la salida inesperada de Tchang de Bélgica al ser reclamado por su familia. Muchos años después, Hergé le dedicó un bellísimo homenaje en Tintín en el Tíbet, uno de los álbumes más logrados de toda la saga.

Tras publicar también en Le Petit Vingtiéme los cómics El cetro de Ottokar y La isla negra, y por más que su inclinación ideológica parecía prometerle una estabilidad mayor, Hergé tuvo que abandonar Bélgica en 1940 ante la crudeza de la guerra y se instaló en París. A sus 33 años, con varios álbumes de Tintín (así como de otras series como Las hazañas de Quique y Flupi y Las aventuras de Jo, Zette y Jocko) ya publicados y miles de lectores a su favor, Remi estaba obligado a empezar de nuevo. Y lo hizo en Le Soir, un periódico abiertamente filonazi, que le contrató para poner en marcha un suplemento infantil similar a Le Petit Vingtiéme. Aunque no le faltaron ofertas de otras cabeceras menos sospechosas de colaboracionismo, Hergé justificó así su decisión, tal y como recoge Peeters: "Me daba la sensación de que entrar en Le Pays réel habría sido un acto político. Pero no unirme a Le Soir. No tenía la impresión de estar colaborando, sino sólo de trabajar, de participar en la 'política de presencia' que preconizaba el rey" [en referencia a Leopoldo III]. Durante la guerra, la postura de Hergé fue especialmente controvertida y los juicios emitidos con posterioridad sobre la misma han sido a menudo implacables. Peeters emite su propia conclusión, que el lector debe descubrir por su cuenta. Por ahora, basta señalar que el trabajo de Hergé siguió siendo frenético durante la ocupación. En estos años publicó El cangrejo de las pinzas de oro, en el que hizo su estelar aparición un personaje que habría de ser fundamental: el Capitán Haddock. El mismo Hergé lo admitió así: "Sabía que a partir de entonces las aventuras ya no serían de Tintín y Milú, sino de Tintín y Haddock. Tuve que aceptarlo".

Después vendrían la consagración, la separación en 1959 de Germaine Kieckens (su novia de toda la vida y estrecha colaboradora desde los inicios), su segundo matrimonio con la ilustradora Fanny Vlamycnk y las dificultades que ésta tuvo que asumir como heredera tras la muerte de Hergé. Y el Tintín, claro, que cada uno ama.

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