Cultura

Y los libros, sueños son

  • La Noche de los Libros volvió a llenar ayer La Térmica de públicos diversos en un éxito de afluencia cuya gestión se tradujo, sin embargo, en un escaparate de luces y sombras

Puestos de las librerías participantes, ayer, en La Térmica. Puestos de las librerías participantes, ayer, en La Térmica.

Puestos de las librerías participantes, ayer, en La Térmica. / fotografías: javier albiñana

Es curioso, cuanto menos, que el lema de La Noche de los Libros, 451, recuerde, a mayor gloria de Ray Bradbury, la temperatura a la que arde el papel y, por extensión, los libros. Y es curioso porque algunos de quienes asistieron ayer a la cuarta edición del ciclo, especialmente quienes acudieron a las propuestas del escenario principal (llamado también 451 con la coletilla narrativa), echaron seguro de menos una mantita. La Noche de los Libros celebrada ayer contó un nuevo éxito de afluencia incontestable a pesar de que la cosa no llegó a animarse como Dios manda hasta eso de las 20:00, pero el triunfo se saldó respecto a su gestión con luces y sombras y, sobre todo, con la advertencia de que conviene tomar decisiones si no se quiere morir de éxito. La convocatoria presentó algunas diferencias notables respecto a la del año pasado dada la ausencia de amenaza de lluvia por una parte y, por otra, la necesidad de conducir y asentar mejor un gentío que, previsiblemente, muy a pesar de que a la jornada siguiente hubiera Noche en Blanco, iba a ser de órdago. Y el principal cambio consistió en dejar libre el Auditorio Edgar Neville (donde ayer ofreció un concierto la Orquesta Filarmónica dentro de su particular ciclo de La Térmica) para llevar el citado escenario principal a uno de los patios del viejo Centro Cívico, al aire libre. Pero una vez caído el sol hacía frío, pardiez, seguramente más frío del que esperaba encontrar la organización; frío como para desangelar una conversación literaria cualquiera por muy elevada que fuese. Así que cuando llegó el turno de María Kodama, en diálogo con el director del Instituto Cervantes, Juan Manuel Bonet; así como el de Jean Echenoz entrevistado por la periodista Bárbara Ayuso, era una pandillita de fieles acólitos la que soportaba el biruji. ¿Dónde estaba entonces todo el mundo? Pues en el patio contiguo viendo a El Niño de Elche. Y es que para un concierto indie, birra en mano, ya se sabe que el frío importa menos.

Tampoco resultó afortunada la filtración de la ruidosa actuación del cantaor de vanguardia en la sosegada charla que intentaba mantener Echenoz, claro, ante un mar de sillas en su mayor parte vacías. Mucho más ambientado estuvo el clima literario con el relevo de Juan José Millás y Juan Cruz, pero bien mermado quedó de nuevo ante Ben Brooks. Para cuando compareció Antonio Escohotado, bien entrada la madrugada, este periódico había cerrado ya su edición, aunque no era difícil prever que el frío iría en aumento. Ante las aglomeraciones del año pasado, y también por criterios evidentes de seguridad, la organización ha optado por dispersar las actividades, aunque recurrir al aire libre todavía a estas fechas para hablar de literatura conlleva demasiados riesgos. Dentro, se procedió también a separar los puestos de las librerías y de las editoriales en salas distintas para evitar embudos, aunque las primeras habrían merecido más espacio (cuando el best seller Javier Castillo se puso a firmar ejemplares, prácticamente no se podía hacer allí dentro otra cosa que guardar cola). En resumen: gestionar una afluencia que no debía andar muy lejos de las diez mil almas no es precisamente una tarea sencilla, y a La Noche de los Libros le quedan aún algunas sombres que convertir en luces. Tampoco hay que ser un lince para advertir que la mayor parte del público acudió ayer a la cita por motivos extraliterarios: especialmente, los conciertos de El Niño de Elche y La Bien Querida y, de paso, los frenéticos grifos de cerveza. Y aunque es un verdadero síntoma de salud cultural que un festival literario acoja conciertos, teatro para niños y otras muchas propuestas, igual merece la pena una reflexión sobre el hecho de que quienes acuden al encuentro con razones más literarias que otras cualesquiera sean quienes más incomodades tengan que afrontar. En las instalaciones interiores, las salas se quedaron al mismo tiempo pequeñas para escuchar a Héctor Abad y Rosa Montero, a Nacho Carretero y Manuel Jabois (en una jugosa disección del caso Fariña), a Manuel Vilas, a María Elvira Roca, Eloy Fernández Porta y a José Luis Ortiz Nuevo. Había hambre de literatura, claro que la había. Y cabe recordar que el año pasado el Auditorio se quedó pequeño también para Fernando Aramburu y Michel Houellebecq. Pero un frío recinto al aire libre, en plan patio de colegio, no es quizá el mejor entorno posible para disfrutar en vivo y en directo de Kodama y Echenoz.

De cualquier forma, fueron muchas más las luces. La primera, la acogida: por mucho que pudiera haber incomodidades, que Málaga cuente un aforo semejante en un festival armado en torno a las letras, y aunque luego una vez dentro la literatura sea lo de menos, se traduce en una realidad consolidada que invita a volver a reflexionar sobre la identidad cultural de Málaga, seguramente mucho más despierta, ávida y en transformación de lo que los gurús de turno están dispuestos a aceptar. Valía la pena, y de qué manera, dejarse conquistar por las mercancías de los stands de La Uña Rota, de Sexto Piso, de GasMask, de Pálido Fuego o de las librerías participantes, e incluso disfrutar la posibilidad de hacerte con un ejemplar y que el autor te lo firmara ipso facto. Singularmente reveladora fue la sección consagrada a música y literatura, con sesiones de rango hipnótico a manos de Luis Lapuente, Jesús Bombín, Simon Reynolds, Sjón y Ortiz Nuevo, quien soliviantó a los duendes flamencos en armónico aquelarre junto a Pedro G. Romero. Y emocionaba escuchar a María Kodama recordar el día en que, a sus 10 años, leyó por primera vez el cuento de Borges Las ruinas circulares: "Si hubiera que rescatar sólo una obra de Borges, sin duda sería esta pieza", afirmó rotunda ante Juan Manuel Bonet. Y tuvo su temblor Jean Echenoz cuando, preguntado por los trasuntos de vida y literatura, explicó el modo en que "la escritura establece lazos con la vida cotidiana, en pequeños matices, como si la vida diaria se alimentara de lo que estás escribiendo". Y sí, desde luego: El Niño de Elche llevó su Antología del Cante Flamenco Heterodoxo a lo más alto en una propuesta radical, extrema, a prueba de acomodaticios bien pensantes. A falta de una mejor distribución de espacios, este 451 es ya, al fin, indispensable.

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