La literatura de la pesquisa

  • Mientras se rueda la tercera temporada de 'Sherlock', conviene recordar los motivos por los que esta serie es tan rematadamente especial

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Sherlock es el pluscuamperfecto ejercicio de suspense televisivo, elevado a la máxima potencia gracias a su magnética pasión por las atmósferas literarias, por recrear a la perfección los fríos y húmedos vientos que circulaban al otro lado del ventanal del 221b de Baker Street. Y pese a que todo funciona bajo los designios de Sir Arthur Conan Doyle, no puede evitar dirigirse hacia un tono particularmente lírico, que se ceba en los contornos de los personajes, en sus emociones, calcadas desde la frialdad, y que se desarrollan como lo verdaderamente humanas que son. Prácticamente, todo el espectro visual de Sherlock imita la iconografía de la prosa de John Le Carré, su descriptivo retrato del helado panorama entre las tensiones políticas de la Guerra Fría. Aquí, queda constancia de ello en los ambientes donde proceden los nervios, la calma y la sutileza de un humor british abierto a un arco de proyección mucho más amplio que el de una Inglaterra cuyos cómicos más influyentes han tenido que americanizar sus gracietas. Tampoco se pueden evitar las referencias shakespearianas, y más cuando la serie navega entre varios territorios de la comedia, en especial, de la comedia negra. Desde calaveras de buenos amigos (al menos, cuando lo eran) hasta tratos cuyas terribles consecuencias se advierten desde el principio (esto es muy de El mercader de Venecia).

Pero hablar de Sherlock implica hablar de la maestría que ha demostrado Benedict Cumberbatch, no al hacer de Sherlock Holmes, sino al ser Sherlock Holmes. Capaz de trasladar su frialdad emocional y su generoso odio por el sentimentalismo humano, Cumberbatch firma una de las interpretaciones más enigmáticas del panorama televisivo de los últimos años. Su tan expresiva faz consigue dotar a Holmes de una indiferencia soberbia, propia de un ser anormal abandonado en un ambiente costumbrista. El Sherlock de Robert Dawney Jr. visto en las dos películas dirigidas por el interesantísimo Guy Ritchie, está magníficamente guiado por su figura de ególatra, la que todo Hollywood tiene de este actor, pero el de Cumberbatch lo mueve su voz, su capacidad de convertir al personaje en un idilio entre su atemporal pedantería y el estudiado síndrome de Asperger.

La otra cara de la moneda, es el dr. Watson de Martin Freeman, un héroe de guerra convertido en un ser honesto y apasionado, moralista cuando se le antoja y cauteloso en sus modales. Tanto en las novelas como en la serie, no se le define como la antítesis de Holmes. De ser así, jamás se podría haber dado el caso en el que ambos llegaran a compartir piso. Su interrelación se basa en el tener la posibilidad de compartir conocimientos, pero más que nada, en que uno refute los del otro, porque si hay algo de lo que Watson no esté seguro, es de su propia preparación. No como médico, que es excelente, sino más bien de su preparación humana. Conocer los horrores de la guerra, haber sufrido en sus carnes el escarnio de ver caer a un buen amigo (a varios de ellos), en ver como toda esperanza de salir de ese infierno se pierde por completo, no son argumentos suficientes para rebatir los conocimientos de Holmes sobre la conducta humana. De todas formas, si existe esta relación es también por el masoquismo que despierta en Holmes, porque, en el fondo, le encanta que alguien pueda cuestionar sus verdades, que no su intelecto. No precisa de socializarse para conectar con el hombre, pero requiere la ayuda de alguien que pueda hacerle comprender sus errores. Raro es que exista alguien con la voluntad necesaria para ello.

Sin embargo, este gigante televisivo de proporciones homéricas obró el milagro con su magnífica adaptación del popular villano que Doyle le plantó a Holmes en todas su narices: el Dr. James Moriarty. Prácticamente igualados en fuerzas, la enemistad entre estos dos maestros de la suspicacia y el razonamiento surge, precisamente, como un reto, más que nada, para Moriarty. La portentosa y maravillosa interpretación del irlandés Andrew Scott crea un aura de psicopatía que rodea los monólogos, los diálogos y las situaciones que conduce este moderno Moriarty. Carente de autoestima, porque tenerla implicaría el poder no estar seguro alguna vez de si mismo, y dependiente de una confianza extrema en la intelectualidad superior a la que pertenece, es capaz de crear el caos a partir de los frágiles sentimientos del hombre de a pie, que a él, básicamente, le traen sin cuidado, porque, desde todas las perspectivas, no es humano. Pero si hay algo que respire en Sherlock es humanidad, cuando Holmes y Watson se encuentran compartiendo habitación, lanzándose puyas el uno al otro, hasta que de esa tormenta de ideas (y de insultos) salga alguna conjetura, porque, ante todo, Conan Doyle no escribía cuentos de hadas: escribía cuentos humanos.

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